Negué.
—No tengo derecho a pedirte eso.
Sus ojos se suavizaron.
—Entonces, ¿qué quieres?
Respiré profundamente.
—Quiero conocer a mis hijos.
Elena no respondió inmediatamente.
Después de unos segundos dijo:
—Eso dependerá de ellos.
Asentí.
Era justo.
La primera vez que vi a mis hijos fuera de una pantalla fue en un parque.
Elena estaba sentada en una banca mientras los cuatro corrían alrededor.
El niño con mi hoyuelo se acercó primero.
—¿Eres el señor de la televisión?
Sonreí.
—Sí.
Me observó curioso.
—¿Por qué tienes mis mismos ojos?
La pregunta me rompió por dentro.
Me agaché.
—Porque quizá nos parecemos mucho.
Él sonrió.
—Soy Noah.
Después llegaron las niñas.
Sofía y Mia.
Y finalmente Lucas.
Cuatro pequeños que no sabían que yo había pasado años pensando que nunca existirían.
Cuatro niños que no tenían culpa de mi ausencia.
Poco a poco, con paciencia, comenzaron a aceptarme.
No como padre inmediatamente.
Eso habría sido injusto.
Pero sí como alguien que quería estar ahí.
Cada día aprendía algo nuevo.
Que Noah odiaba las verduras.
Que Mia quería ser astronauta.
Que Sofía dibujaba casas con jardines enormes.
Que Lucas preguntaba mil veces por qué las cosas funcionaban.
Eran increíbles.
Y yo había estado a punto de no conocerlos nunca.
Tres meses después, mi madre apareció en mi oficina.
Beatrice Vance.
La mujer que durante años me convenció de que Elena era el problema.
La mujer que me dijo que necesitaba un heredero.
Ella miró las fotografías de mis hijos sobre el escritorio.
—Son iguales a ti.
La miré con frialdad.
—No.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?