PARTE 2: EL SECRETO DETRÁS DEL VESTIDO CARMESÍ

Fue él.

Ya no pasaba junto a mí como si fuera parte del mobiliario.

Ahora preguntaba cómo estaba.

Recordaba detalles pequeños.

Incluso empezó a aparecer en la clínica solo para tomar café.

Una mañana lo encontré sentado frente a mi escritorio.

—¿Qué hace aquí, señor Cross?

Levantó una ceja.

—Pensé que después de salvarme la vida varias veces merecía que dejaras de llamarme señor.

Sonreí.

—¿Entonces cómo debería llamarlo?

Me miró.

—Damian.

Era una palabra sencilla.

Pero de alguna manera parecía más difícil que cualquier peligro que hubiéramos enfrentado.

Pasaron meses.

La ciudad siguió hablando de Damian Cross.

El hombre peligroso.

El multimillonario misterioso.

El jefe que nadie podía desafiar.

Pero yo conocía otra versión.

La del hombre que dejaba comida caliente en mi escritorio cuando sabía que trabajaba demasiado.

La del hombre que escuchaba cuando yo hablaba.

La del hombre que una noche me dijo:

—Durante años pensé que necesitaba personas que me temieran.

Lo miré.

—¿Y ahora?

Tomó mi mano.

—Ahora sé que necesitaba a alguien que me dijera la verdad.

Sonreí.

—Aunque fuera usando un vestido carmesí.

Por primera vez lo vi reír de verdad.

No una sonrisa calculada.

No una expresión para intimidar.

Una risa real.

Un año después, regresamos al mismo ático donde todo había comenzado.

La ciudad brillaba debajo de nosotros.

Yo llevaba otro vestido carmesí.

Damian me miró y negó con la cabeza.

—Todavía no entiendo cómo ese vestido cambió mi vida.

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