Me estaba mirando a mí.
Sentí un escalofrío.
—Damian.
Él siguió mi mirada.
—¿Qué pasa?
—Creo que no vinieron por ti.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué quieres decir?
Tragué saliva.
—Creo que vinieron por mí.
Su expresión se endureció.
—Explícate.
Recordé aquella noche seis meses atrás.
El hombre de la clínica.
Victor Kane.
No había llegado solo.
Había llegado con miedo.
Yo había sido quien retiró la bala.
Yo había sido quien escuchó sus últimas palabras antes de desmayarse.
“Si Cross descubre quién disparó, todos vamos a morir”.
En ese momento pensé que deliraba.
Pero ahora entendía.
Alguien sabía que yo había visto algo.
—Ellos creen que sé algo.
Damian dio un paso hacia mí.
—¿Qué viste?
Lo miré.
Durante meses había guardado ese recuerdo.
Porque pensé que no era importante.
Pero ahora sí lo era.
—Antes de perder el conocimiento, Victor me dijo que alguien dentro de tu organización estaba vendiendo información.
Los ojos de Damian se oscurecieron.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Aparté la mirada.
—Porque usted nunca me preguntó.
Esa respuesta lo golpeó más de lo esperado.
Durante dos años yo había estado allí.
Había tratado sus heridas.
Había escuchado sus conversaciones sin querer.
Había visto hombres entrar y salir.
Pero para él yo era invisible.
Hasta esa noche.
—Me equivoqué contigo —dijo finalmente.
La confesión fue tan inesperada que no supe qué responder.
Damian Cross no pedía disculpas.
A nadie.
Entonces las luces del salón parpadearon.