PARTE 2: LA CÁMARA QUE LO CAMBIÓ TODO

—Significa bastante —respondió el agente—. Especialmente porque las transferencias comenzaron después de que la señora Ruiz modificara su testamento.

Esteban me miró.

Por primera vez, sus ojos no mostraban desprecio.

Mostraban miedo.

—¿Qué hiciste?

Abrí lentamente los ojos.

—Nada.

Mi voz apenas salió.

—Solo sobreviví.

Se quedó inmóvil.

Raquel se acercó a mi cama.

—Ahora cuéntales lo que descubriste antes del ataque.

Esteban negó con la cabeza.

—No sabe nada.

Sonreí débilmente.

—Sé que vaciaste tres cuentas.

Su expresión se congeló.

—Sé que falsificaste dos firmas.

Margarita retrocedió.

—Y sé que llevas ocho meses intentando vender una propiedad que no te pertenece.

El agente tomó notas rápidamente.

Esteban comenzó a respirar más rápido.

—Eso es imposible.

—No.

Lo miré fijamente.

—Lo imposible era que pensaras que nunca iba a descubrirlo.

Entonces Raquel colocó una carpeta sobre la mesa.

Dentro estaban copias de contratos, movimientos bancarios y una declaración notarial.

Esteban la abrió.

Su rostro perdió todo color.

Porque en la última página aparecía mi firma.

Pero no era una firma reciente.

Era un documento que había preparado seis meses antes.

Una transferencia de control patrimonial.

Todo el patrimonio que Esteban creía controlar había quedado protegido mediante un fideicomiso irrevocable.

Y él nunca había sido el beneficiario.

Yo sí.

—¿Por qué? —susurró.

—Porque hace seis meses descubrí que querías matarme.

Margarita comenzó a negar con la cabeza.

—No queríamos matarte.

La miré.

—Entonces explícame por qué cerraste la puerta.

No respondió.

Los agentes intercambiaron una mirada.

Uno de ellos sacó las esposas.

Esteban dio un paso atrás.

—¡Soy su marido!

—Y ella es la víctima.

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