—¿No fue un accidente?
Ella negó con la cabeza.
—Los frenos fueron manipulados.
El silencio llenó la oficina.
Iván volvió a mirar el dinero.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que trabajes directamente para mí.
—¿Como seguridad?
—No exactamente.
Jessi abrió otro expediente.
—Quiero que averigües quién está filtrando información, quién manipuló mi automóvil y quién está utilizando a empleados de bajo nivel para acercarse a mis documentos.
Iván frunció el ceño.
—¿Y por qué yo?
Jessi sonrió ligeramente.
—Porque anoche viste algo que nadie más conoce.
Señaló el aparato ortopédico escondido debajo de su chaqueta.
—Sabes que estoy herida. Sabes que estoy vulnerable. Y aun así no intentaste aprovecharte de ello.
Iván no respondió.
—Además —continuó Jessi—, investigué tu expediente militar.
Ella deslizó una última hoja hacia él.
—Fuiste responsable de proteger a personas importantes durante años.
—Eso quedó atrás.
—Para ti.
Jessi tomó el maletín y lo cerró.
—Para mí, acaba de empezar.
Iván respiró profundamente.
Pensó en Fiona.
En sus medicamentos.
En el aviso de desalojo que había escondido debajo de la almohada para que su hija no lo encontrara.
Finalmente tomó el maletín.
—Acepto.
Jessi asintió.
—Entonces hay algo que debes saber antes de empezar.
—¿Qué?
Ella sacó un teléfono y le mostró una fotografía tomada la noche anterior.
Iván apareció en la imagen, frente a la puerta de su oficina.
Pero él nunca había visto aquella cámara.
—Alguien estaba observándote —dijo Jessi.
Iván sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Jessi amplió la fotografía.
En el reflejo de una ventana aparecía una segunda persona.
Una mujer.
Iván la reconoció inmediatamente.
—Es la directora de Recursos Humanos.
Jessi negó lentamente.
—No.
—¿Entonces quién es?
Jessi acercó la imagen hasta revelar su rostro.
—Mi madre.
Iván quedó inmóvil.
—Pero ella murió hace ocho años.