Solo vacío.
Porque mientras él miraba aquella ecografía, yo recordaba algo mucho más importante.
Su voz.
Su confesión.
“Ella se ha ido. Yo lo hice, Selina. Somos libres.”
Creía que nadie lo había escuchado.
Pero mi reloj sí.
Cuando Flynn salió de la habitación, el detective que estaba esperando afuera entró con una expresión seria.
—Señora Vance, necesitamos hablar con usted.
Miré al doctor.
Luego al detective.
—¿Sobre qué?
Él colocó una pequeña bolsa sobre la mesa.
Dentro estaba mi reloj inteligente.
—El hospital nos informó que contenía una grabación automática de emergencia.
Mi corazón se aceleró.
—¿La escucharon?
El detective asintió.
—Sí.
Cerré los ojos.
Durante años había pensado que mi silencio era mi debilidad.
Pero esa noche, tirada en aquella alfombra, había hecho una última cosa por mí misma.
Había dejado una prueba.
—También encontramos algo más —continuó el detective.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Sacó unas fotografías.
No eran de Flynn y Selina juntos.
Eran documentos.
Transferencias.
Mensajes.
Pruebas de que Selina había estado preparando esa mentira mucho antes de aparecer en mi puerta.
Entonces entendí la verdad.
Ella no había venido a separarnos.
Había venido a reemplazarme.
Dos horas después, Flynn volvió a la habitación.
Esta vez no llevaba flores.
Llevaba miedo en los ojos.
—Mabel…
Lo miré sin responder.
—Necesito explicarte.