—Denme unos días —suplicaba—. Mi hermano es militar. Cuando vuelva traerá dinero.
Después apareció mi madre.
Uno de los hombres exigía una garantía.
Y ella señaló hacia la cocina.
—Mi nuera puede responder. A mi hija no me la toquen.
Sentí un vacío en el pecho.
Pero todavía faltaba algo.
Cuando regresaba al pueblo, me encontré con don Ernesto, un viejo amigo de mi padre.
—Alejandro, qué bueno que llegaste. Quería preguntarte algo. ¿De verdad autorizaste vender el terreno de tu papá?
Frené en seco.
—¿Qué terreno?
—El de junto a la capilla.
Mi padre había repetido hasta el día de su muerte que aquella parcela debía permanecer en la familia.
Fui directamente a la oficina correspondiente y pedí revisar la documentación.
Mi madre la había vendido apenas tres días antes.
El monto de la operación era casi idéntico al necesario para liquidar buena parte de la deuda de Fernanda.
Entonces entendí el plan completo.
No sólo querían culpar a Daniela.
Querían hacerme creer que había sido necesario vender la tierra de mi padre para pagar una deuda provocada por ella.
Así Fernanda quedaría limpia.
Mi madre parecería una víctima.
Y Daniela saldría de la casa convertida en la culpable de todo.
Esa tarde regresé sin decir una palabra.
Esperé hasta que estuvieran las tres en la sala.
Puse el cuaderno sobre la mesa.
Después los pagarés.
Luego saqué mi teléfono.
—Mamá, Fernanda… esta noche vamos a hablar.
Mi hermana palideció.
Todavía no había reproducido el video.
Y ninguna de las dos sabía que, en unos minutos, toda la mentira que habían construido durante meses iba a derrumbarse frente a Daniela.
PARTE 3
Mi madre fue la primera en reaccionar.
—¿Hablar de qué? —preguntó, intentando mantener la voz firme.
Fernanda cruzó las piernas y fingió indiferencia.
—Si es por Daniela, yo ya te dije todo. Mientras más rápido resuelvas el divorcio, mejor.
Daniela estaba sentada a mi lado.
Se había puesto un pañuelo sobre la cabeza. Mantenía las manos juntas sobre las piernas y miraba al piso.
Durante meses, esas dos mujeres habían hablado delante de ella como si no fuera una persona.
Esa noche iba a cambiar.
Deslicé los pagarés hacia Fernanda.
—¿Reconoces estas firmas?
Su rostro perdió el color.
—No sé qué es eso.
—Míralas bien.
Mi madre se inclinó sobre los documentos.
—Alejandro, ¿para qué haces esto? Esa mujer te está llenando la cabeza de cosas.
—Daniela no me dijo una sola palabra. Todo esto lo averigüé yo.
Fernanda agarró uno de los papeles.
Su mano comenzó a temblar.
En cada pagaré aparecían su nombre, su firma y cantidades distintas.