Después revisé nuestras cuentas.
Hoteles en San Miguel de Allende.
Una joyería.
Muebles nuevos.
Restaurantes.
Retiros de efectivo.
Préstamos personales que jamás había visto.
Javier no quería únicamente quedarse con Claudia.
Estaba endeudado.
Y aparentemente quería usar mi casa para salvarse.
Guardé capturas, estados de cuenta y mensajes.
Entonces Claudia me llamó.
—Mariana, necesito hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
—Yo no sabía que la casa era tuya.
Solté una risa seca.
—Claro.
—Javier me dijo que era de los dos.
—También te dijo que acostarte con el esposo de tu mejor amiga era buena idea, supongo.
Claudia guardó silencio.
Después habló casi en un susurro.
—Encontré correos.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué correos?
—Mensajes que Javier me mandó hablando del crédito.
—Envíalos a mi abogada.
—Lo haré.
Pensé que terminaríamos ahí.
Pero Claudia comenzó a llorar.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Es sobre Mateo.
Me quedé inmóvil.
—No uses el nombre de mi hijo.
—Tengo que decírtelo.
Escuché cómo respiraba del otro lado.
—La noche después de que Mateo entró al hospital, Javier me dijo que si las cosas terminaban mal… todo sería más fácil.
No contesté.
—¿Más fácil para quién?
—Para nosotros.
Sentí un frío brutal recorrerme la espalda.
Claudia continuó:
—Después del funeral dijo algo peor.
—Dímelo.
—Dijo: “Ahora Mariana no va a pelear. Ya no le queda fuerza para nada”.
Cerré los ojos.
Mi esposo no había provocado la muerte de Mateo.
Pero había mirado mi dolor y había visto una oportunidad.
Mi hijo estaba muerto.
Yo apenas podía levantarme de la cama.
Y Javier creyó que aquel era el momento perfecto para quitarme también mi hogar.
—Envíame todo —dije.