La escalera.
La mansión.
Genevieve dejó de respirar.
Porque allí estaba.
Ella.
Caminando detrás de Sophia.
Ella.
Acercándose.
Ella.
Extendiendo las manos.El silencio del pasillo se volvió insoportable.
—No… —susurró Genevieve.
—La cámara estaba conectada al sistema privado de seguridad —dijo Julian.
Su voz ya no tenía emoción.
—Ese sistema que instalé hace cinco años.
El mismo sistema que mi madre insistió en que era “una exageración”.
Genevieve retrocedió.
—Julian, puedo explicarlo.
—No.
Él negó lentamente.
—Puedes intentar justificarlo.
—Pero no puedes cambiar lo que hiciste.
Durante años todos habían pensado que Julian era un heredero inútil.
Un hijo que vivía del dinero de su familia.
Un hombre que simplemente aceptaba las decisiones de su madre.
Pero la verdad era otra.
Julian había trabajado en secreto.
Mientras Genevieve controlaba las reuniones familiares y presumía que su hijo dependía de ella, él había construido su propio grupo de inversión.
Cuando su padre murió, dejó una cláusula:
Si Julian demostraba independencia financiera antes de los treinta y cinco años, recibiría el control completo de Blackwood International.
Genevieve nunca lo supo.
Porque Julian nunca quiso su aprobación.
Solo quería demostrar que podía crear algo sin la sombra de su madre.
Y lo había logrado.
Por eso, cuando ella decía:“Mi hijo necesita una esposa rica”.
No sabía que su hijo ya era uno de los hombres más poderosos del país.
Y tampoco sabía que Sophia era la única persona que conocía toda la verdad.
Horas después, un médico salió del quirófano.
Julian se levantó inmediatamente.
—¿Cómo están?
El médico sonrió cansado.
—Su esposa está estable.
Julian dejó escapar el aire que llevaba horas conteniendo.
—¿Y el bebé?
El médico sonrió un poco más.
—También está bien.
—Es un niño.
Por primera vez en toda la noche, Julian cerró los ojos y una lágrima cayó por su rostro.
Un hijo.