Solo lloró.
Horas después, en el hospital, un médico salió de la habitación de Jessi.
—Está estable.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Está consciente?
—Sí. Y hay algo importante que debe saber.
—¿Qué?
El médico bajó la voz.
—Los análisis iniciales muestran que había un medicamento sedante en su organismo. Todavía no sabemos quién se lo administró ni en qué cantidad.
Cerré los ojos.
Mi nieta no había muerto.
La habían hecho parecer