—¿Qué personas?
—No sé. Solo dijo que tenía que decir que vivo aquí con ella, que tengo mi cuarto y que mi abuela y mi tío nos cuidan.
En ese instante entendí por qué nunca aceptaron ninguna de mis soluciones.
No necesitaban una cama.
Necesitaban una escena.
De regreso con mis padres, Camila recordó haber escuchado a su abuela decir que debían “mostrar que Diego tenía buenas condiciones” porque Javier estaba buscando cambiar la custodia.
Esa misma tarde escribí al exmarido de Claudia.
Javier respondió en menos de cinco minutos:
“Mariana, creo que hay varias cosas que deberías saber.”
Yo pensaba que iba a descubrir una mentira de mi cuñada.
Todavía no sabía que la mentira más grave llevaba la firma de mi propio esposo.
PARTE 3
Me reuní con Javier al día siguiente en una cafetería cerca de la escuela de Diego.
No llegó gritando ni hablando mal de Claudia. Eso fue lo primero que me sorprendió.
—No quiero quitarle a mi hijo por venganza —me dijo—. Quiero que Diego viva donde tenga estabilidad y donde no lo utilicen para sostener historias de adultos.
Le pregunté por qué había solicitado revisar la custodia.
Javier sacó el celular y me mostró transferencias de años anteriores. Durante el tiempo que trabajó fuera de México había enviado dinero cada mes para los gastos de su esposa y de su hijo. Además pagaba directamente colegiatura, libros, seguro y actividades de Diego.
—Claudia dice que dejaste de mantenerlos.
—Dejé de depositarle a ella después de descubrir que parte del dinero desaparecía. A Diego nunca dejé de pagarle nada.
Me explicó que él y Claudia habían acordado ahorrar para comprar un departamento cuando regresara. Durante meses ella le aseguraba que el dinero seguía intacto. Después admitió que había usado una parte en una supuesta inversión. Más tarde comenzaron a aparecer deudas que Javier desconocía.
No quise convertirme en investigadora de su matrimonio, pero pronto la verdad llegó sola a nuestra puerta.
Dos mujeres se presentaron buscando a Claudia para cobrar préstamos anteriores al divorcio. Doña Teresa, que hasta entonces repetía que su hija había sido abandonada sin un peso, se quedó muda al escuchar que las deudas tenían meses de atraso.
Roberto exigió cuentas.
Claudia lloró, dijo que todo lo había gastado “en la casa y en Diego”, pero varias de esas cosas ya las pagaba Javier.
Entonces Roberto llamó a su excuñado delante de nosotros.
Cuando colgó, tenía la cara desencajada.
—Los préstamos no fueron lo único que ocultaste —le dijo a Claudia—. ¿Con quién te veías mientras Javier estaba fuera?