—Mamá… la abuela sacó todas mis cosas.
Volví a casa y encontré los libros de Camila en cajas, su ropa en bolsas y un catre viejo instalado en una bodega húmeda detrás de la cocina. No había ventana. Arriba, Claudia ya había acomodado su ropa en el clóset de mi hija.
Cuando Roberto llegó, esperaba que pusiera un alto.
En cambio me exigió que dejara de hacer “un drama”.
Le dije que, si tanto quería ayudar a su hermana, podía darle nuestra recámara.
Su madre gritó que esa casa pertenecía a su hijo.
Entonces recordé que el terreno había sido un regalo de mis padres.
Roberto me ordenó disculparme con su madre.
Me negué.
La primera bofetada me hizo zumbar el oído. La segunda llegó antes de que pudiera reaccionar.
Camila gritó y corrió hacia mí.
Y detrás de Roberto, doña Teresa señaló mi cara:
—¡Pégale otra vez! ¡Así va a aprender!
Tomé a mi hija de la mano y salí de aquella casa.
Yo creía que esa noche había descubierto lo peor de mi familia.
No podía imaginar lo que iba a encontrar tres días después.
PARTE 2
Esa noche Camila y yo dormimos en casa de mis padres, en Tlaquepaque. Mi papá quiso ir a buscar a Roberto, pero lo detuve. Al día siguiente fui a una clínica, pedí que documentaran las lesiones y guardé fotografías de ambos lados de mi cara.
También descargué las grabaciones de las cámaras de seguridad de la casa. En una se veía a Roberto acercarse a mí y se escuchaba perfectamente la voz de doña Teresa:
—¡Pégale otra vez!
Roberto me escribió varias veces.
“Perdón por haberte pegado, pero tú también provocaste a mi mamá.”
Esa frase terminó de enfriarme.
Tres días después regresé únicamente por la laptop, los uniformes y los libros de Camila. Al llegar, descubrí que habían cambiado el candado del portón. Roberto salió a abrir y dijo que el viejo “se había descompuesto”.
Subí sin discutir.
La recámara de mi hija ya parecía diseñada para demostrar que Diego vivía ahí desde hacía tiempo. Había un horario escolar con su nombre, libros de primaria junto a la lámpara de Camila, ropa infantil dentro de los cajones y una fotografía de Claudia con su hijo donde antes estaban las fotos de mi hija.
Entonces escuché el sonido de una cámara.
Claudia estaba tomando fotos de Diego sentado frente al escritorio.
—Enderézate, hijo. Agarra el lápiz —le decía.
Buscando la laptop de Camila abrí un cajón y encontré unas hojas.
El encabezado decía: “Constancia de domicilio y autorización de ocupación”.
El documento afirmaba que Roberto Salgado y Mariana Hernández autorizábamos a Claudia y a Diego a residir permanentemente en esa casa.
Abajo aparecía la firma de Roberto.
Y debajo de mi nombre, una firma casi idéntica a la mía.
Pero yo jamás había visto ese documento.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Claudia palideció.
Roberto entró, me arrancó las hojas de la mano y dijo que eran “papeles de trámite”.
Doña Teresa apareció detrás y soltó algo que la traicionó:
—Ay, Mariana, son marido y mujer. ¿Qué tiene de malo que uno firme por el otro?
Nadie volvió a hablar.
Saqué el celular y fotografié cada hoja antes de que pudieran esconderla.
Cuando bajaba con las cosas de Camila, Diego me alcanzó en las escaleras.
—Tía, ¿Camila está enojada conmigo?
—No, mi amor. Nada de esto es culpa tuya.
El niño dudó y luego me confesó en voz baja:
—A mí me gustaba el cuarto de arriba. Mamá dijo que teníamos que dormir en el de Camila unos días. También me dijo que, si venían unas personas a preguntar, tenía que decir que ese era mi cuarto.
Sentí un escalofrío.