—Me decías que tenía que ahorrar porque mi papá estaba cansado de gastar en mí.
—Eso no fue así.
—Me dijiste que yo era una carga.
—Lo dije para que aprendieras.
—También dijiste que si yo te hacía enojar te daría un infarto y sería culpa mía.
Laura cerró los ojos.
Ricardo murmuró una grosería.
Yo saqué otro documento.
—¿Por qué cambiaste mi teléfono en la escuela?
—Fue un error.
Saqué el celular viejo de Mariana.
—¿Y por qué le diste a ella exactamente el mismo número equivocado?
Teresa se quedó sin respuesta.
—Durante años mi hija escribió mensajes a un número que no existía. Y cada vez que yo preguntaba por ella, tú me decías que estaba ocupada, que no quería hablar, que era rebelde.
—Porque necesitaba disciplina.
—¿Disciplina es hacerle creer que su padre no la quiere?
—Los niños necesitan miedo para obedecer.
Nadie dijo nada.
Creo que en ese instante mi madre entendió que había hablado demasiado.
Me miró.
Después comenzó a llorar.
Era un llanto que conocía perfectamente.
Lo había usado toda mi vida.
—Después de todo lo que hice por ustedes…
Años atrás habría terminado consolándola.
Aquella tarde miré a Mariana.
Quince años.
Demasiado delgada.
Con miedo de comer.
Con miedo de gastar.
Con miedo de hablar.
Y entendí cuántas veces mi madre había convertido las consecuencias de sus actos en sufrimiento propio.
—Hoy no —dije.
—¿Qué?
—Hoy no vas a convertirte en la víctima.
—Soy tu madre.
—Y ella es mi hija.
Tragué saliva.
—Durante cinco años elegí creerte a ti antes que escucharla. Eso se acabó.
Saqué la última carpeta.
—El abogado ya está revisando las cuentas.
Teresa dejó de llorar.
—¿Abogado?
—También habrá una denuncia por los documentos falsos y por el dinero.
—¿Vas a denunciar a tu propia madre?
—Sí.
—¿Por dinero?
Negué.
—Por cinco años de hambre.
Por primera vez no tuvo una respuesta.
Subimos por las cosas de Mariana.
No tardamos ni quince minutos.
Tenía dos uniformes.