Llevé a Mariana con una médica.
Tenía anemia, deficiencia de hierro y señales compatibles con meses de alimentación insuficiente.
Nada irreversible.
Pero nada reciente.
También comenzó terapia.
Yo quería pedirle detalles constantemente.
La psicóloga me detuvo.
—Su hija ha vivido años sin control sobre decisiones básicas. No la convierta ahora en una fuente de pruebas. Primero vuelva a ser su padre.
Aquella frase me ubicó.
Dos días después llamé a mi madre.
Laura estaba conmigo.
Grabamos la conversación conforme a las indicaciones del abogado.
—Mamá, cuéntame otra vez lo del novio de Mariana.
—Es un vago.
—¿Cómo se llama?
Pausa.
—No sé… Brandon o algo así.
—¿Apellido?
—¿Qué importa?
—¿Y el tatuaje?
—En el hombro.
—¿Cuál?
—Una mariposa.
Todo era inventado.
—¿Y los treinta y dos mil de la computadora?
—Se los gastó.
—¿En qué?
—Ropa.
—¿Dónde está?
Otra pausa.
—Seguro la escondió.
Entonces pregunté:
—¿Cuánto dinero te he mandado este año?
Su tono cambió.
—¿Por qué?
—Estoy revisando cuentas.
Silencio.
—¿Tu empresa está auditando transferencias?
Ahí apareció el miedo.
Pequeño.
Pero clarísimo.
Quedamos de vernos al día siguiente.
Mariana quiso acompañarme.
No me gustaba la idea, pero su psicóloga había sido clara: había que devolverle capacidad de decidir.
Llegamos a la casa a las seis.
Mi madre abrió sonriendo.
Detrás de mí estaban Laura y Ricardo.
Teresa vio a Mariana pegada a mi brazo y su expresión cambió.
—Ven para acá —ordenó.
Mi hija no se movió.
—Mariana, te estoy hablando.
Di un paso al frente.
—No vuelvas a hablarle así.
Mi madre me miró sorprendida.