—No importa si lo consideras absurdo. Los documentos existen.
Su padre lo miró.
—¿Quién descubrió todo esto?
El abogado tragó saliva.
—La nueva directora creativa del proyecto.
Adrian ya sabía la respuesta.
—Elena.
Nadie dijo nada.
Esa noche, Elena estaba trabajando en su apartamento cuando alguien llamó a la puerta.
No esperaba visitas.
Miró por la mirilla.
Y se quedó inmóvil.
Adrian.
Durante varios segundos no hizo nada.
Finalmente abrió.
No por él.
Sino porque quería verlo una última vez.
Adrian parecía diferente.
Por primera vez desde que lo conocía, su traje estaba arrugado.
Tenía ojeras.
Y no llevaba aquella expresión de hombre que siempre tenía una solución para todo.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo.
—Ya hablamos ayer.
—No sobre esto.
Elena cruzó los brazos.
—Entonces habla.
Adrian la miró.
—No sabía que eras tú.
—¿Qué cosa?
—La arquitecta.
Elena soltó una pequeña risa.
—Claro que no lo sabías.
—Elena…
—No. Déjame terminar.
Su voz no era fuerte.Pero cada palabra parecía pesar más que un grito.
—Durante tres años viviste conmigo y nunca preguntaste qué hacía.
Adrian bajó la mirada.
—Sé que cometí errores.
—No.
Elena negó con la cabeza.
—No fueron errores. Fueron decisiones.
Adrian no respondió.
—Decidiste no conocerme. Decidiste comparar mi vida con la de Sophie. Decidiste hacerme sentir que debía agradecerte por cada cosa que tenías.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
Pero no lloró.
—Y ayer decidiste divorciarte de mí porque creías que yo no tenía nada.
Adrian cerró los ojos.
—Lo siento.
—Llegas tarde.
—Lo sé.
—Muy tarde.
Hubo un silencio.
Entonces Adrian dijo algo que Elena jamás había esperado.
—Sophie no volvió por mí.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué?
—Volvió porque necesitaba algo.
Adrian soltó una respiración amarga.
—Y yo fui demasiado estúpido para entenderlo.
Elena no respondió.
—Me convencí de que todavía la amaba porque era más fácil vivir aferrado al pasado que admitir que había destruido mi matrimonio.
—Eso ya no es asunto mío.
—Lo sé.
Adrian sacó un documento del bolsillo.
—Pero esto sí podría serlo.
Elena tomó el papel.
Era un informe financiero.
Había movimientos de dinero.
Transferencias.
Contratos.
Y un nombre que conocía demasiado bien.
Sophie.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Sophie estuvo trabajando con uno de nuestros competidores.
Elena levantó la mirada.
—¿Y?
—Intentó conseguir información sobre Aurora.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Información sobre mi proyecto?
Adrian asintió.
—Y creo que no lo hizo sola.
Al día siguiente, Elena recibió una llamada de la Comisión Internacional.
—Directora Moore, necesitamos verla inmediatamente.
—¿Qué sucedió?
—Detectamos una filtración de información confidencial relacionada con Aurora.
Elena sintió que el aire se detenía.
—¿Qué información?
—Los planos preliminares.
Miró la pantalla de su ordenador.
Los archivos estaban protegidos.
Nadie externo tenía acceso.
O eso creía.
—¿Quién los filtró?
La voz al otro lado respondió:
—Estamos investigándolo.
Entonces llegó un mensaje.
Un archivo adjunto.
Una sola fotografía.
Elena abrió la imagen.
Era una captura de uno de sus primeros bocetos.
Debajo aparecía un mensaje:
“Creíste que podías empezar de nuevo sin nosotros.”
Elena palideció.
No era una amenaza de Sophie.
No era de Adrian.
Reconoció inmediatamente aquella forma de escribir.
Era alguien mucho más cercano.
Alguien que había estado observándola desde antes del divorcio.
Su antigua mentora.
Victoria Hale.
La mujer que había dirigido el estudio donde Elena trabajó antes de casarse.
La misma mujer que había declarado públicamente que Elena había abandonado la arquitectura porque “no tenía talento suficiente”.
Elena recordó entonces algo.
Victoria había tenido acceso a sus primeros conceptos de Aurora.
Y hacía tres años, había intentado comprar los derechos de su investigación.
Elena no había aceptado.
Había guardado copias de todo.
Por si algún día las necesitaba.
Ese día había llegado.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Elena no durmió.
Su equipo reconstruyó cada acceso a los archivos.
Descubrieron una red de transferencias.
Victoria había vendido información a una empresa extranjera.
Sophie había servido de intermediaria.
Y, sin saberlo, Adrian había facilitado algunos contactos corporativos.
Pero había algo todavía peor.
Una de las compañías involucradas estaba intentando presentar una versión modificada de Horizonte Vivo como propia.
El proyecto de Elena estaba en peligro.
La comisión convocó una reunión de emergencia.
—Si no podemos verificar la autoría de todos los componentes —dijo uno de los directores—, tendremos que suspender la adjudicación.
Elena respiró profundamente.
—No van a suspender nada.
Todos la miraron.
—Tengo los archivos originales.
—¿Con marcas de tiempo?