—Puedes pagar proveedores y representar a la empresa. No puedes hipotecar mi propiedad.
Carlos sonrió y sacó un anexo.
También llevaba mi firma.
Según aquel papel, yo le permitía disponer del terreno y del inmueble sin consultarme.
Mi padre cruzó los brazos con satisfacción.
Ellos habían preparado todo.
Lo que no sabían era que, después de recibir la primera llamada del banco, yo había acudido con un notario en Monterrey y revocado formalmente aquel poder. El banco verificó la fecha.
Carlos había presentado la solicitud después de la revocación.
Su sonrisa desapareció.
Solicité un peritaje de firmas.
Dos días después recibí algo todavía peor.
Una demanda civil.
Carlos pedía que se declarara falsa la compraventa mediante la cual adquirí el hotel de mi tía Amalia.
Según él, el dinero realmente había pertenecido a mis padres y yo solo figuraba como propietaria porque mi papá tenía problemas fiscales en esa época.
Presentó incluso una supuesta carta firmada por mí donde reconocía haber recibido el dinero de Rogelio.
Otra firma casi perfecta.
También apareció un supuesto acuerdo donde yo prometía venderle mi participación después de la muerte de nuestra tía.
El juzgado ordenó provisionalmente mantener la administración como estaba mientras investigaban.
Carlos aprovechó inmediatamente.
Contrató seguridad privada.
Me prohibió entrar al hotel.
Cuando fui por mi computadora, hizo que un guardia me detuviera delante de huéspedes y proveedores.
—Orden del director —me dijo.
Carlos salió a la terraza usando una chamarra nueva con el logotipo del negocio.
—Las habitaciones están ocupadas. No vengas a causar problemas.
—Mis cosas siguen adentro.
—Haz una lista. Si aparecen, te las mandamos.
Mi madre observaba detrás de una puerta de vidrio.
No salió.
Por primera vez comprendí que aquello ya no era una pelea entre hermanos.
Querían convertir una mentira familiar en una verdad legal.
Contraté a Sofía Hernández, una abogada especializada en litigios patrimoniales.
Recuperamos el contrato notarial original, el avalúo y la transferencia hecha a mi tía.
Pero faltaba algo fundamental.
Demostrar de dónde había salido mi dinero.
El banco donde años atrás vendí mi departamento había desaparecido después de una fusión. Recuperar aquellos movimientos tomaría semanas.
Mientras esperábamos, recordé algo.
Cuando abrimos el hotel contraté personalmente el sistema de almacenamiento digital.
Carlos había cambiado mi contraseña.
Pero yo seguía apareciendo como titular principal.
Solicité recuperar la cuenta.
Los técnicos restauraron tres años de respaldos automáticos.
Y ahí apareció todo.
Contratos falsos.
Pagos inflados.
Transferencias hacia negocios de amigos de Carlos.
Una segunda contabilidad.
Y una carpeta eliminada recientemente.
Dentro había cinco documentos.
Todos tenían prácticamente el mismo nombre:
“Recibo_Laura”.
“Recibo_Laura2”.
“Recibo_corregido”.
“Recibo_final”.