Me llamo Elena Sánchez García y ya he pasado los 30. Hubo un tiempo en que entré en casa de mi marido llena de esperanza. Creía que bastaba con casarse con el hombre que amas para que la vida se arreglara. En aquel entonces estaba convencida de que mi matrimonio con Sergio Lobo era la decisión más acertada de mi vida. ¿Quién iba a pensar que aquel certificado de matrimonio abriría una larga sucesión de años amargos y humillantes? Pero para que lo entiendan todo, empezaré desde el principio.
Nací en Valdespino, un pequeño pueblo de la provincia de Cáceres. Nuestra casa estaba a las afueras, junto a un camino rural destrozado, flanqueado por campos áridos. En verano, la tierra se agrietaba por el calor y dolía caminar descalza. Y cuando llovía, el agua nos llegaba a los tobillos y el barro se pegaba a las botas. La vieja casa de pueblo de mis padres, de adobe y madera, estaba muy deteriorada. Los postes se habían torcido y en las paredes se veían grietas tapadas con musgo. Cuando llovía fuerte, goteaba en una esquina, pero en la otra no. Vivíamos en esa pobreza.
Pero para mí aquel lugar era el más cálido del mundo. A mi padre, a quien todos llamaban tío Juan, la tierra le daba de comer y de beber. Desde primera hora de la mañana, apenas amanecía, ya oía su tos leve. Cogía del clavo su vieja gorra, se ponía una chaqueta de trabajo y se iba al campo. Mi madre, tía Gloria, se quedaba en casa, cocinaba, cuidaba de las gallinas y los patos y a veces hacía trabajos esporádicos para los vecinos, como quitar malas hierbas o recoger la cosecha para ganar unos euros extra.