La comida en casa era sencilla, lo mismo año tras año. Lentejas, patatas, sopa de ajo. A veces, cuando se acababa la harina, mi madre cocía patatas con piel y sal, pero incluso en los días de más hambre, el mejor bocado siempre era para mí. «Come, hija, estudia mucho para que luego no sufras, como tu padre y yo», decían. Yo a menudo me reía y bromeaba. «Veréis, me casaré con un hombre rico y os traeré a la ciudad. A un piso grande». Mi madre me acariciaba la cabeza y sonreía, pero sus ojos estaban tristes. «Dicen que una hija es como una rama cortada del árbol. No se sabe a dónde la llevará la vida. Con que no pases las mismas penurias que nosotros, ya será bueno». Entonces no le daba importancia a esas palabras, pero al hacerme mayor comprendí lo ciertas y amargas que eran.
Fui una de las pocas del pueblo que terminó el bachillerato. Cada día iba en una bicicleta vieja que mi padre había conseguido de alguna parte, atravesando campos y senderos. Mi único vestido decente estaba lleno de remiendos. Mis compañeros se reían. «Elena, tu vestido parece una colcha de retales». Yo me lo tomaba a broma, pero por dentro me prometía estudiar con todas mis fuerzas para salir de aquella desesperanza.
Al final del bachillerato, nuestra tutora nos repartió las solicitudes para la universidad. En la pizarra escribió: «Magisterio, económicas, ingeniería agrónoma». Mis amigas discutían emocionadas. «Yo me voy a la ciudad a ver cómo vive la gente. Si no me voy, me quedaré en este barrizal toda la vida». Sostenía el bolígrafo con los dedos temblorosos. En mi mente apareció una imagen: yo con una mochila caminando por los pasillos de la universidad, sentada en un aula luminosa.
Pero por la noche, cuando vi a mi padre encorbado, frotándose la espalda dolorida, y a mi madre contando billetes arrugados para comprar semillas, ese sueño se desvaneció. Por la noche mi madre me preguntó: «Bueno, Elenita, ¿qué te ha dicho la profesora? ¿Dónde vas a solicitar plaza?». Me mordí el labio. «Ya lo decidiré, mamá. No soy tan buena estudiante. Seguro que no entro». ¿Y si entrara? ¿De dónde sacaríamos el dinero para estudiar en la ciudad? Mi padre me miró con sus ojos descoloridos por el sol y suspiró. «¿Podrías intentarlo, hija? A lo mejor tienes suerte, pero si entras… El alojamiento, la comida, el transporte. Me temo que no podemos permitírnoslo».
Se me encogió el corazón de dolor. No porque se opusieran, sino porque comprendía lo duro que vivían. Bastaba con que alguien en la familia se pusiera gravemente enfermo para que estuviéramos al borde del abismo. Así que ni hablar de varios años de estudios en la ciudad. Tumbada en mi cama chirriante, escuchando el silbido del viento en las grietas, me dije a mí misma: «Algunos cruzan el océano. Yo cruzaré el río. Lo importante es no ahogarse».
Justo en ese momento de incertidumbre, vino a visitarnos desde Fuenlabrada una conocida de mi madre, doña Tatiana. Trabajaba en una fábrica textil en un polígono industrial y hablaba de la vida en la ciudad con gran entusiasmo. «Allí es duro, claro, pero el sueldo es fijo cada mes. En cambio, aquí en el pueblo un año hay sequía, otro inundaciones. Nunca sabes qué pasará mañana. Si Elena va, ayudará a sus padres y verá mundo». Mi madre estaba preocupada. «Me da miedo dejar a mi hija sola en una ciudad tan grande. Aquí, aunque seamos pobres, la tengo a la vista». Doña Tatiana se echó a reír. «Mujer, en la residencia de trabajadoras son todas de pueblo como nosotras. Un autobús las lleva y las trae del trabajo. Si se queda aquí, acabará sufriendo. Se casará con otro pobre y el ciclo se repetirá. Nuestra vida ya ha pasado, que al menos nuestros hijos vivan un poco mejor».
Aquella noche, tumbada bajo la manta, oí a mis padres hablar en voz baja en el porche. Mi madre suspiraba. «Juan, ¿y si de verdad la dejamos ir con Tatiana? No tenemos tierras. ¿Qué le vamos a dejar? Dicen que una joven tiene mil caminos, pero me temo que los de nuestra pobre hija estarán todos llenos de baches». Mi padre guardó silencio y luego respondió: «Yo también tengo miedo. La veo temblar en esa bicicleta con el vestido lleno de remiendos y se me parte el alma. Pero una hija no es una muñeca para guardarla en un baúl. Que decida ella. No podemos tenerla atada a nosotros para siempre».