Una viuda embarazada recogió a dos ancianos abandonados… nunca imaginó quiénes eran en realidad.
Cuando Mariela Ortega encontró a los dos ancianos al borde del camino, el sol de septiembre caía como plomo sobre la tierra reseca, y el polvo se levantaba detrás de la carreta vieja que tiraba su yegua, Lucera.
Iba sola, con siete meses de embarazo, la espalda ardiéndole, y una lista de cuentas mentales que ya conocía de memoria: la harina apenas alcanzaba, el frasco de jarabe estaba casi vacío, el banco le había dado diez días antes de iniciar el embargo, y el niño dentro de su vientre pateaba, como si quisiera recordarle que el tiempo no esperaba a nadie.
Tenía treinta y un años… y ya era viuda.
Su marido, Tomás, había muerto en la temporada de lluvias, en menos de una semana, por una fiebre mal atendida que se lo llevó tan rápido que Mariela todavía seguía esperando oír sus pasos al anochecer.
Desde entonces, la vida se había vuelto una cosa dura, silenciosa, parecida a cargar costales mojados cuesta arriba.
Levantarse sola, decidir sola, contar monedas sola.
Mirar la parcela pequeña en las afueras de San Miguel de las Palmas… y preguntarse cada mañana si esa tierra, cansada y terca, iba a darle lo suficiente para no perderlo todo.
La carreta rechinó al tomar la curva del mezquite grande, y fue allí donde los vio.
Al principio pensó que eran bultos abandonados. Dos figuras inmóviles bajo la sombra escasa de un huizache.
Luego el hombre levantó la cabeza.