Era un anciano muy flaco, de barba blanca desigual y sombrero vencido por los años. A su lado, una mujer menuda, con el vestido deslavado y los zapatos rotos, le sostenía el brazo con ambas manos, como si incluso mantenerse en pie requiriera esfuerzo.
Entre los dos había un costal pequeño… casi vacío.
Mariela jaló las riendas.
—¿Están bien? —preguntó desde la carreta.
La anciana alzó la vista. Tenía los ojos oscuros, cansados de una manera que no viene de una mala noche, sino de toda una vida.
—Estamos descansando, hija —respondió con un hilo de voz—. Venimos caminando desde la madrugada.
—¿Y a dónde van?
El viejo y la mujer se miraron. Fue él quien habló.
—A ningún lado en especial.
Había algo en esa respuesta… que sonaba peor que el hambre.
Mariela observó los pies hinchados de la mujer, las manos temblorosas del hombre, el camino largo sin sombra por delante.
Luego se bajó con dificultad, abrió la parte trasera de la carreta… y dijo, sin pensarlo demasiado:
—Súbanse.
—No queremos molestar, señora —murmuró el anciano.
—Yo tampoco quiero que se me mueran en el camino. Súbanse.
Así fue como conoció a don Jacinto y a doña Berta.
Venían de la terminal de autobuses de Irapuato, dijeron. Su hijo los había dejado allí con cien pesos y el costal.
“Ya no puedo con ustedes”, les había dicho. “Son una carga.”
Después se fue sin mirar atrás.
Mariela sintió que algo duro le golpeaba el pecho… un enojo viejo y nuevo al mismo tiempo.
No siguió rumbo al pueblo.
Dio media vuelta en el crucero… y los llevó directo a su parcela.
La casa era pequeña, de adobe, con techo de lámina y tres cuartos humildes que Tomás había levantado con sus manos.
No era gran cosa… pero tenía sombra, tenía agua de pozo y todavía olía a hogar.
Los hizo entrar, les dio agua fresca y puso a calentar lo que quedaba de frijoles con unas papas cocidas.
Cortó las últimas tortillas, añadió sal y un poco de epazote.
Los viejos comieron despacio… con una gratitud que avergonzaba.
Esa noche, Mariela sacó el colchón viejo del cuarto del fondo y lo tendió en la sala.
Doña Berta abrió su costal. Solo había una cobija remendada, doblada con cuidado como si fuera lo único valioso que poseía.
—Es lo único que tenemos —dijo con pena.
—Pues aquí nadie va a dormir a la intemperie —contestó Mariela—. Buenas noches.
Se acostó sin desvestirse y se quedó mirando el techo oscuro, escuchando la tos seca de Berta y el ronquido bajito de Jacinto.
Pensó en la deuda, en el bebé, en dos bocas más que alimentar cuando apenas alcanzaba para una.
Se durmió tarde… rezando que Dios no se hubiera olvidado del camino a su casa.
Al día siguiente despertó con olor a café.
Se levantó alarmada, creyendo que había dejado algo al fuego… y encontró a doña Berta en la cocina, avivando la lumbre con la naturalidad de quien ha cocinado toda la vida.
Afuera, don Jacinto barría el patio con una escoba vieja, recogiendo hojas, enderezando ramas, como si el cuerpo cansado recordara más que la voluntad.
—Encontré un poco de café en la alacena —dijo Berta—. Hice para todos. Ojalá no le moleste.
Mariela iba a decir que era para emergencias… pero se quedó callada.
Se sentó.
Berta le sirvió en un jarrito… y el primer sorbo le supo a algo que no había probado en meses: compañía.
Los días empezaron a ordenarse de otro modo.
Don Jacinto reparó la cerca del gallinero, arregló la puerta trasera que no cerraba bien y logró reparar la bomba de agua después de revisarla con paciencia.
No hablaba mucho… pero entendía las cosas del campo.
Doña Berta transformaba la escasez en comida.
Del arroz recalentado sacaba caldos simples. De las hierbas del patio hacía guisos humildes que llenaban la casa de olor a hogar.