—Abra.
Fonseca no respondió.
Entonces escuchó algo mucho peor.
Una segunda voz.
Después una tercera.
Después diez.
Todas hablando al mismo tiempo.
Todas repitiendo la misma frase:
—Ella no debía despertar.
La luz de la morgue parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Y se apagó.
En completa oscuridad, Camilo gritó:
—¡Doctor!
Fonseca encendió la linterna de su teléfono.
El haz de luz recorrió la habitación.
La camilla estaba vacía.
La monja que había estado muerta…
había desaparecido.
Y sobre la mesa de acero solo quedaba una última frase escrita con sangre:
“AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.”