El Secreto del Convento

Un golpe.

Después otro.

Camilo levantó la linterna.

—¿Escuchó eso?

Fonseca asintió.

Siguieron el sonido por un pasillo estrecho.

Llegaron a una puerta de hierro.

En ella estaba grabado el símbolo de la llave.

Fonseca sacó la llave negra.

La introdujo.

La cerradura giró sola.

La puerta se abrió.

Detrás había una escalera que descendía hacia la oscuridad.

—¿Vamos a bajar?

Fonseca respiró profundamente.

—Ya hemos llegado demasiado lejos para regresar.

Bajaron.

Uno.

Dos.

Diez.

Veinte escalones.

El aire se volvió cada vez más frío.

Finalmente llegaron a una habitación subterránea.

Y allí encontraron algo que ninguno de los dos habría podido imaginar.

Había decenas de camas.

Todas ocupadas.

Monjas.

Dormidas.

Algunas parecían tener veinte años.

Otras, cincuenta.

Otras parecían ancianas.

Pero todas llevaban el mismo hábito.

Camilo se acercó a una.

—Están respirando.

Fonseca revisó su pulso.

—Sí.

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