PARTE 1
Durante 17 años, Camila vivió con 1 solo propósito: darle a su madre, Doña Carmen, la vida que nunca tuvo en su pequeño pueblo de Michoacán. A sus 18 años, Camila cruzó la frontera y se instaló en Chicago, trabajando 2 turnos diarios limpiando oficinas y 1 turno extra los fines de semana lavando platos en 1 restaurante. Dormía apenas 4 horas al día. No compraba ropa nueva, no salía a fiestas y compartía 1 pequeño departamento con otras 5 personas. Cada dólar que ganaba se convertía en remesas enviadas fielmente cada 15 días.