Harrison apretó los puños.
—¿Y nunca peleaste por mí?
—No, Harrison. Peleé por mis hijos.
Le expliqué que, después del divorcio, había aceptado un puesto en Chicago para desarrollar tecnología de agua limpia. Era un trabajo tranquilo, lejos de las cámaras y de la vida que había compartido con él. Había construido un hogar para Amelia, Leo y Noah. No era un ático de Manhattan. No tenía vistas espectaculares ni empleados. Pero había risas, desayunos caóticos y tres niños que sabían que eran amados.
—No quería que crecieran en medio de una guerra —dije—. Y no iba a suplicar a un hombre que ya había elegido no creerme.
Harrison levantó la mirada.
—No puedo recuperar esos años.
—No.
—Pero quiero conocerlos. Quiero hacer las cosas bien.
Era una petición honesta. También era peligrosa.