—Pero también aprendí otra cosa.
—¿Cuál?
Sonreí.
—A los setenta y cuatro años todavía puedo equivocarme.
Sarah sonrió.
—¿Y?
—Y también puedo empezar de nuevo.
Esa noche levanté mi vaso de agua.
Lo miré durante un segundo.
Luego bebí tranquilamente.
Por primera vez en mucho tiempo…
**no tenía miedo.**
Porque finalmente entendí que no necesitaba una esposa joven para sentirme joven.
No necesitaba que nadie administrara mi vida.
No necesitaba demostrarle nada a nadie.
Sólo necesitaba conservar algo que casi había perdido:
**mi libertad.**
Y desde aquella noche, cada vez que alguien me preguntaba cuál había sido el momento más importante de mi vida, yo respondía:
—No fue cuando me casé a los setenta y cuatro.
Fue la noche en que una humilde empleada tocó mi puerta y me dijo:
**«Señor George, si no me escucha ahora, mañana podría ser demasiado tarde».**
Porque aquella noche no sólo me salvó la vida.
**Me devolvió el control de ella.**