Iván se rió.
Fue realmente gracioso. De esos que no disimulan la vergüenza.
Comieron en la pequeña mesa de la cocina donde Clara había firmado papeles de adopción, formularios escolares, documentos de préstamos y cheques que apenas podía pagar. Esta vez, no había contratos entre ellos. Ni plan de rescate. Ni actuación.
Solo una madre, un hijo y la humilde comida que una vez lo avergonzó hasta que se dio cuenta de que era amor en un plato.
Cuando Iván se marchó aquella noche, besó a Clara en la frente.
“Nos vemos el jueves, mamá”, dijo.
Clara sonrió. “Conduce con cuidado.”
Observó cómo su Toyota de segunda mano se alejaba de la acera, con el parachoques abollado reflejando la puesta de sol. Esta no era la vida glamurosa con la que Brenda había soñado. Esta no era la imagen que Ivan se había esforzado tanto por proyectar.
Era algo mejor.
Fue honesto.
PARTE 1
—¡Lávalo bien, chamaca inútil, ni para eso sirves!
Esa fue la frase que escuché al entrar a la casa de mis padres y ver a mi hija de seis años parada sobre una caja de madera, con los bracitos metidos en el fregadero, llorando mientras intentaba lavar platos más grandes que sus manos.
Me llamo Martín, tengo 35 años, y mi hija se llama Luna. La adopté cuando tenía apenas dos años, después de verla en una casa hogar en el Estado de México. Desde el primer día que me tomó el dedo con su manita, supe que no necesitaba compartir mi sangre para ser mi hija. Luna era mi vida. Mi motivo para trabajar, para levantarme temprano, para volver a casa aunque el día hubiera sido horrible.
Pero mis padres, Ernesto y Beatriz, nunca la aceptaron del todo.
Cuando les dije que iba a adoptarla, mi mamá frunció la boca como si le hubiera dado una mala noticia.
—¿Y por qué no mejor te casas y tienes hijos tuyos?
Mi papá fue más frío.
—Una niña adoptada nunca va a ser igual que una nieta de sangre, Martín.
Yo quise creer que cambiarían. Que con el tiempo, al ver a Luna correr por la sala, reírse con sus dientes chiquitos y abrazarlos con esa ternura que tenía, algo se les iba a ablandar por dentro. Pero no fue así.
Aun así, seguí ayudándolos. Mis padres estaban mal económicamente. Mi papá había perdido su trabajo en una fábrica de autopartes y mi mamá solo conseguía empleos temporales. La casa donde crecimos, una casa vieja pero grande en Iztapalapa, estaba a punto de perderse por la hipoteca.
Yo trabajaba como ingeniero civil en una constructora y ganaba lo suficiente para sostener mi departamento, a Luna y también apoyar a mis padres. Cada mes depositaba una cantidad fuerte para que no perdieran la casa. Nunca me dieron las gracias como tal, pero yo pensaba: “Son mis padres. Es lo correcto”.
Mi hermana Patricia, en cambio, siempre fue tratada como la hija perfecta. Tenía dos niñas, Renata y Ximena, de siete y cinco años. Para mis padres, ellas sí eran “las nietas de verdad”. Les compraban muñecas, vestidos, dulces, las llevaban al parque, les celebraban hasta el más mínimo logro.
A Luna apenas la miraban.
Cuando íbamos de visita, mis sobrinas recibían abrazos y regalos. Luna recibía un “hola” seco. Yo lo notaba, claro que lo notaba, pero me aferraba a la idea de que era torpeza, no crueldad.
Un viernes tuve una junta importante en Santa Fe. Patricia había dejado a sus hijas en casa de mis padres y pensé que sería buena idea que Luna pasara la tarde con sus primas. Ella estaba emocionada. Llevó su mochilita morada, dos muñequitos y unas galletas para compartir.
—Me voy a portar bien, papi —me dijo antes de bajarse del coche.
La besé en la frente.
—Solo juega y diviértete, mi amor. Vuelvo por ti en la tarde.