
Creíamos que nuestra madre ya era millonaria gracias a todo el dinero que le enviábamos.
Pero cuando regresamos a Filipinas, lo que nos recibió fue una choza precaria y una historia oculta.
Nunca olvidaré el calor de aquel día; era como un recordatorio de cuánto tiempo había pasado lejos.

Años de videollamadas y dinero enviado me hicieron creer que había sido un buen hijo.