—Mariana.
Rodrigo siguió hacia el coche con Javier para dejarnos hablar.
Miguel se acercó.
—Dile a Salazar que yo no decidía esas cosas.
—Díselo tú durante la investigación.
—Yo solo seguía procedimientos.
—¿Firmaste documentos?
Calló.
—Miguel, durante nuestro divorcio me dijiste que cada adulto debía hacerse responsable de sus decisiones.
Bajó la cabeza.
—No sabía hasta dónde llegaba todo esto.
—Quizá sea verdad.
—Entonces ayúdame.
Sentí algo inesperado.
No odio.
Tampoco amor.
Solo distancia.
—No puedo salvarte de decisiones que no tomé.
Me marché.
Un mes después, Ofelia volvió a buscarme.
Esta vez nos encontramos en una cafetería.
Había adelgazado.
—Miguel está deprimido —dijo—. Apenas duerme. Tú podrías hablar con Rodrigo.
—No.
—¡Fuiste su esposa doce años!
—Precisamente por eso ya hice suficiente.
—Qué fría te has vuelto.
Negué lentamente.
—No soy fría. Dejé de creer que amar a alguien significa pagar las consecuencias en su lugar.
No volvió a pedírmelo.
En casa de Rodrigo también cambiaron las cosas.
Teresa dejó de defender automáticamente a Eduardo.
Una tarde me confesó:
—Yo creía que mantener a mis hijos unidos significaba evitar cualquier pelea.
Miró hacia el jardín.
—Ahora entiendo que guardar silencio frente a algo incorrecto también destruye una familia.
Rodrigo continuó rehabilitándose.
Primero logró permanecer de pie un minuto.
Después llegaron los pasos con andador.
Tres.
Cinco.
Algunos días retrocedía.
Otros avanzaba.
Meses más tarde pudo recorrer distancias cortas utilizando bastón.
Yo también empecé a moverme.
Con parte del dinero que había ahorrado pagué un curso avanzado de cuidados de rehabilitación. Después me asocié con dos compañeras para ofrecer servicios domiciliarios a pacientes que acababan de salir del hospital.
Al principio teníamos tres clientes.
Luego siete.
Después doce.
Una tarde estaba revisando nuestro calendario de visitas cuando Rodrigo terminó una sesión y caminó unos metros apoyado en su bastón.
Se dejó caer en la silla, agotado.
—¿Recuerdas la primera noche? —preguntó.