Recién divorciada, conseguí trabajo cuidando a un presidente postrado en silla de ruedas; mi exsuegra se burló: “Ya verás lo difícil que es ganarte la vida sola”. Pero la primera noche, mientras lo ayudaba a asearse, mi paciente ordenó: “Ponga el seguro”. Después movió algo que todos creían paralizado… y entendí que alguien dentro de aquella casa necesitaba que siguiera inválido.

Luego llegó un mensaje:

“Mariana, no sé qué te dijeron en esa casa, pero no te metas en asuntos que no entiendes.”

Me quedé mirando la pantalla.

Yo nunca le había contado dónde estaba trabajando.

Rodrigo tampoco había hablado con él.

Y entonces llegó un segundo mensaje:

“Hazme caso por una vez. Aléjate de Salazar antes de que todo esto te salpique.”

Levanté la vista hacia la habitación de Rodrigo.

Por primera vez comprendí algo aterrador.

Miguel no tenía miedo de lo que yo sabía.

Tenía miedo de lo que podía llegar a descubrir.

Y todavía faltaba saber quién le había dicho que yo estaba allí.

PARTE 3

A la mañana siguiente no respondí a Miguel.

Rodrigo tampoco me pidió que lo hiciera.

—Sus problemas con él son suyos —dijo—. Mi empresa es responsabilidad mía. No quiero utilizarla para llegar a nadie.

Aquella frase me hizo confiar más en él.

Porque después de doce años viviendo con personas que siempre justificaban cruzar mis límites “por el bien de la familia”, encontrar a alguien capaz de respetarlos me parecía casi extraño.

El abogado Herrera siguió trabajando.

Descubrieron que varias autorizaciones electrónicas habían sido emitidas utilizando credenciales vinculadas a Rodrigo durante meses en los que físicamente apenas podía sostener una conversación larga.

Eso no demostraba todavía quién las había utilizado.

Pero sí justificaba una auditoría profunda.

La cantidad de operaciones cuestionables rondaba los ocho millones de pesos.

Herrera repetía continuamente:

—Una irregularidad no es una sentencia. Primero se documenta. Después se determina responsabilidad.

Dos días más tarde apareció Ofelia en la entrada de la casa.

Mi antigua suegra.

No sabía cómo había conseguido la dirección.

La encontré junto al portón con una bolsa en la mano y el rostro cansado.

—Mariana, necesito hablar contigo.

Salí, pero no la invité a entrar.

—Miguel está destrozado.

—Eso tendrás que hablarlo con él.