—Cada vez que venga el abogado de Rodrigo o alguien de la empresa, me avisas. Si escuchas algo importante, me cuentas.
Empujé el sobre hacia ella.
—Me pagan para cuidar a su cuñado, no para vender sus conversaciones.
Su sonrisa desapareció.
—Acabas de llegar a esta casa. No confundas tu trabajo con tener poder.
—Precisamente porque es mi trabajo sé dónde termina.
Esa tarde le conté todo a Rodrigo.
Por primera vez lo vi verdaderamente preocupado.
Pocos días después llegó el licenciado Herrera, su abogado. Revisaron registros electrónicos, accesos a sistemas y autorizaciones emitidas mientras Rodrigo estaba hospitalizado.
Yo no participaba.
Hasta que Herrera me pidió entrar para ayudar a Rodrigo a cambiar de posición.
Mientras recogía sus documentos, una hoja cayó al suelo.
Me agaché para levantarla.
Solo vi el encabezado:
“Personal relacionado con los tres proyectos bajo revisión.”
Y debajo, varios nombres.
Uno me dejó sin aire.
Miguel Torres.
Mi exmarido.
—¿Mariana? —preguntó Rodrigo.
Entregué la hoja al abogado.
—Miguel trabaja aquí.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Aquí?
—Es subdirector del área financiera.
Herrera y Rodrigo se miraron.
Yo sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
El mismo hombre que me había dicho que yo “ya no entendía su mundo profesional” aparecía ahora en los documentos de los contratos que el presidente de su empresa investigaba.
Esa noche mi teléfono sonó.
Era Miguel.
No contesté.
Volvió a llamar.