El jueves siguiente, estaba en casa de papá ordenando herramientas y camisetas que olían a él.
A las nueve, se oyó el crujido de los neumáticos fuera.
Ben llegó por costumbre, pero se quedó paralizado al verme esperando en el porche.
Ben miró hacia la ventana vacía de papá y luego cogió una taza.
Yo llevaba dos cafés.
—Supongo que el carruaje real sigue circulando los jueves —dije.
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Ben miró la ventana vacía de papá y luego cogió una taza.
“El carruaje parece estar vacío ahora”.
“Bueno, si te apetece, podemos dar una vuelta más tarde”, sonreí.
Ben pasó por delante de la biblioteca, la panadería y la consulta de papá.
“Ah, ¿para qué? Solo te hartarías de todas mis descripciones de las cosas. Por lo demás, no soy muy buena compañía”.
“Creo que subestimas mi capacidad para aguantar a los viejos testarudos”, me reí.
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Nos terminamos las bebidas y nos fuimos a dar una vuelta sin rumbo fijo.
Ben pasó por delante de la biblioteca, la panadería y la consulta de papá.
A cada curva, estuvo a punto de decir algo.
El nombre de Claire apareció en el salpicadero.
Entonces sonó su móvil por los altavoces del automóvil.
El nombre de Claire apareció en el salpicadero.
Jueves, justo a la hora prevista, esperando.
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Ben se dispuso a pulsar el botón, se detuvo y empezó a susurrar la frase con la que tenía pensado empezar.
Le toqué la muñeca.