—El Gran Hotel Alvarado pertenece al Grupo Alvarado. El Grupo Alvarado fue fundado por mi padre. Y después de limpiar tus movimientos, separar las cuentas y recuperar la operación legal, vuelve a estar completamente bajo mi control.
Camila se llevó una mano a la boca.
Arturo bajó la voz.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Lo sé con fechas, firmas, audios y transferencias —respondió Mariana.
Abrió la carpeta.
—Usaste poderes vencidos para mover capital. Presentaste mi apellido como garantía en operaciones privadas. Mentiste a socios. Y mientras decías que estabas en Monterrey, reservaste la suite presidencial con una empleada de tu propia empresa.
Camila miró a Arturo, como si esperara que él la defendiera.
Él no la miró.
Ese silencio la quebró.
Sergio apareció a un lado de la mesa.
—Señorita Ríos, hay un coche esperándola por la salida lateral. También recibirá una notificación formal de recursos humanos el lunes.
Camila tomó su bolso con manos temblorosas.
—Perdón —susurró.
Mariana no respondió.
Camila salió del restaurante sin glamour, sin victoria, sin la fantasía que Arturo le había vendido.
Arturo se quedó parado.
Mariana sacó otra carpeta.
—Estos son los papeles de divorcio.
Él la miró con odio.
—Planeaste humillarme.
—No, Arturo. Tú planeaste traicionarme. Yo solo elegí dejar de protegerte.
—Podemos hablar en privado.
—Durante años usaste mi discreción como escudo. Hoy vas a aprender a vivir sin ella.
Arturo miró alrededor.
Algunas personas fingían no escuchar. Otras ya ni lo intentaban.
Mariana se inclinó apenas hacia él.
—Tienes hasta esta noche para firmar recibido. Si no, Octavio seguirá el proceso por la vía correspondiente.
—No voy a firmar nada.
—Entonces pagarás más por llegar al mismo final.
Mariana se dio la vuelta.
Pero antes de irse, dejó una última hoja sobre la mesa.
Arturo la tomó.
Era una copia de una transferencia.
Su rostro cambió.
No era una transferencia cualquiera.
Era la prueba de que había usado una propiedad del padre de Mariana como garantía para cubrir una deuda personal que ni siquiera ella conocía.
Y abajo, junto a su firma, había otra firma falsificada.
La de Mariana.
Por primera vez en 13 años, Arturo entendió que no estaba frente a una esposa herida.
Estaba frente a la mujer que podía destruirlo legalmente.
Y Mariana todavía no había mostrado la peor prueba.
PARTE 3
Arturo no durmió esa noche.
No volvió a la casa de Lomas. No subió a la suite. No llamó a Camila.
Caminó por el lobby del Gran Hotel Alvarado como un hombre que ya no sabía dónde poner las manos. Pasó junto a los arreglos de flores blancas, junto al retrato de don Efraín y junto al mostrador donde Diego, el recepcionista, lo miró con una educación impecable.
—Buenas noches, señor Ledesma.
Arturo casi se rió.
Buenas noches.
Como si no acabaran de quitarle el piso debajo de los pies.
Se encerró en el baño del lobby y se miró al espejo. El traje gris seguía perfecto. La corbata estaba bien puesta. El reloj caro brillaba en su muñeca.