Arturo probó y asintió.
—Excelente.
—Sí, señor —respondió el sommelier—. Esta casa siempre ha tenido buen gusto.
Arturo no captó la frase.
A las 8:12, mientras él hablaba de una inversión en Querétaro y de cómo “la gente sin visión se queda atrás”, Sergio Molina esperaba junto a la entrada del restaurante.
A su lado estaba el licenciado Octavio Barrios.
Y 3 pasos detrás, Mariana Alvarado.
Llevaba un traje azul oscuro, tacones negros y ningún gesto de escándalo. No venía llorando. No venía gritando. Venía caminando como alguien que ya recuperó una llave que nunca debió soltar.
Sergio se inclinó levemente.
—Señora Alvarado.
—Gracias, Sergio.
El restaurante no se quedó en silencio, pero cambió el aire.
Los meseros siguieron moviéndose. Los cubiertos siguieron sonando. Pero varias miradas se levantaron.
Mariana caminó hacia la mesa 7.
Camila fue la primera en verla.
Su rostro perdió color.
Arturo estaba levantando la copa cuando notó el cambio en ella.
—¿Qué pasa?
Camila no respondió.
Arturo giró.
Y vio a su esposa.
Durante 2 segundos no entendió nada.
Luego su cuerpo reaccionó antes que su orgullo. Se puso de pie.
—Mariana.
—Arturo.
La voz de ella fue tranquila. Eso lo asustó más que un grito.
Mariana miró a Camila.
—Tú debes ser Camila Ríos.
Camila se levantó torpemente.
—Yo… no sabía que…
—Sí sabías —la interrumpió Mariana—. Lo que no sabías era dónde estabas.
Arturo apretó los dientes.
—Mariana, este no es el lugar.
Ella miró el restaurante, las lámparas, el emblema de la A en los platos.
—Te equivocas. Es exactamente el lugar.
Octavio le entregó una carpeta.
Mariana la puso junto a la copa de Arturo.
—Estás sentado en mi mesa, en mi restaurante, dentro de mi hotel.
Arturo soltó una risa seca.
—¿Tu hotel?
Mariana no parpadeó.