LE PAGUÉ A MI VECINA PARA QUE VIGILARA MI CASA DURANTE TRES MESES

Entré al jardín. Mateo estaba barriendo tierra. Sofía acomodaba macetas. Teresa trabajaba junto a la mesa del fondo. Y el jazmín de Ernesto había florecido.
Ella me vio mirándolo. —Salieron ayer —dijo. Me acerqué sin tocar las flores. —Entonces eligió bien dónde quedarse.
Teresa sonrió. —Creo que sí.
Aquella noche comprendí que algunas personas cuidan una casa cerrando ventanas, recogiendo cartas y encendiendo luces. Teresa había hecho algo distinto. Mientras yo estaba lejos, había llenado mi casa de vida. Y sin planearlo, el pequeño jardín que ella rescató terminó convirtiéndose también en un lugar donde podía empezar una etapa nueva sin tener que borrar la anterior.

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