La primera noche que mi esposo regresó después de tres años fuera, noté que ya no dormía boca arriba: me rodeaba la cintura como si llevara años haciéndolo. Cuando pregunté “¿Quién te acostumbró a abrazar así?”, me contestó fríamente: “Mientras cierres los ojos, este matrimonio puede continuar”. No lloré delante de él; guardé mi teléfono y esperé hasta la mañana, cuando apareció la mujer que podía destruirlo todo.

Levantó la mirada.

—Las fotografías que terminaron en manos de Camila las mandé yo.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué?

—Yo sabía que ella las publicaría.

—Entonces… tú provocaste…

—Provocaste tú una relación durante tres años. Ella decidió presumirla. Yo únicamente puse un espejo delante de ustedes.

Sebastián comenzó a negar con la cabeza.

—Mariana…

—Pero yo no denuncié tu infidelidad públicamente.

Sus ojos volvieron a llenarse de esperanza.

Era increíble.

Incluso después de todo seguía buscando una prueba de que todavía lo amaba.

—¿Entonces todavía te importaba?

Sonreí.

—No.

La esperanza desapareció.

—No hablé porque mi apellido también estaba relacionado contigo. Porque fui tu esposa. Porque nuestros negocios estuvieron conectados. Porque convertir nuestra vida privada en un circo también habría perjudicado mi reputación.

Me levanté.

Sebastián apretó los puños sobre la mesa.

—¿Y la investigación?

Me quedé quieta.

—Cuando descubrí documentos que podían comprometerme, hice lo que cualquier persona sensata habría hecho: protegerme y entregarlos para que fueran revisados.

—¿Fuiste tú?

—Yo no fabriqué ninguna factura, Sebastián. No inventé proveedores. No firmé tus autorizaciones.

Quiso responder.

No pudo.

Antes de marcharme añadió:

—Mariana… yo sí te amé.

Me giré por última vez.

—Lo sé.

Y era verdad.

Creo que Sebastián me había amado.

A su manera.

El problema era que también amaba su orgullo, su resentimiento, el poder, la admiración de Camila y la sensación de demostrarle al mundo que nadie podía abandonarlo.