—¿Entonces por qué nunca me hablaste?
Miguel tardó en responder.
—Porque soy un hombre orgulloso y cobarde.
Aquella frase la rompió.
Después de dieciocho años, finalmente entendió que la almohada había sido una mentira.
Una mentira nacida de dos heridas.
La de ella por haber traicionado.
Y la de él por haber decidido sufrir en silencio.
Pero había una última página.
Rosa la tomó.
Y leyó:
**“Si llegaste hasta aquí, quiero pedirte una sola cosa.”**
**“No desperdicies los años que nos quedan intentando descubrir quién sufrió más.”**
**“Si todavía quieres estar conmigo, quita la almohada.”**
Rosa soltó una risa entre lágrimas.
Miró a Miguel.
—¿Todavía la tienes?
Él sonrió débilmente.
—La misma.
—¿Dieciocho años?
—Dieciocho años exactos.
Rosa se acercó.
Lo tomó de la mano.
—Entonces esta noche la vamos a tirar.
Miguel empezó a llorar.
Pero antes de salir del consultorio, el doctor los detuvo.
—Hay algo más que deberían saber.
Ambos se volvieron.
—Los análisis de Miguel muestran una mejoría importante, pero necesita tratamiento y seguimiento.
Miguel asintió.
—Lo haré.
Rosa apretó su mano.
—Esta vez no vas a hacerlo solo.
Esa noche, al llegar a casa, Rosa entró en la habitación.
La almohada seguía allí.
Vieja.
Gastada.
Exactamente en medio de la cama.
La tomó con ambas manos.
Miguel la observaba desde la puerta.
Rosa caminó hasta el bote de basura.
Pero antes de tirarla, se detuvo.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—No quiero destruirla.