Pesados.
Diego Villaseñor estaba bajando la escalera.
Había escuchado todo.
Paulina enderezó la espalda, tratando de recuperar su elegancia.
—Diego, yo solo estaba poniendo límites en tu casa.
Diego no le respondió.
Bajó el último escalón, pasó junto a ella y caminó directo hacia Valentina. Se agachó frente a la niña, recogió el botón dorado y se lo ofreció en la palma de la mano.
—Creo que esto es tuyo.
Valentina lo miró largo rato. Luego tomó el botón con sus deditos.
—Bonito —repitió en voz baja.
Diego tragó saliva.
Después se puso de pie y miró a Paulina.
—Marisol y Valentina no se van.
Paulina se quedó pálida.—¿Perdón?
—No se van hoy. Ni mañana. Ni nunca por orden tuya.
—¿Vas a escoger a una sirvienta y a su hija antes que a tu prometida?
Diego no contestó de inmediato.
Sus ojos estaban fijos en Valentina.
Había algo en esa mirada que Marisol conocía. Algo que la hizo sentir que el piso desaparecía debajo de sus pies.
Diego habló sin apartar la vista de la niña:
—Paulina, sube a tu habitación. Necesito hablar con Marisol a solas.
—No me des órdenes frente a ella.
—Sube.
La voz de Diego fue tan baja que nadie se atrevió a respirar.
Paulina apretó los labios y subió la escalera con rabia contenida.
Cuando el recibidor quedó vacío, Diego se volvió hacia Marisol.
Ella seguía abrazando a Valentina como si alguien fuera a arrancársela.
Diego dio un paso hacia ellas.
Y entonces hizo la pregunta que Marisol había temido durante 3 años.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Marisol sintió que la sangre se le iba del cuerpo.
—¿Decirte qué, señor?
Pero su voz la traicionó.
Diego miró a Valentina.
—Que ella es mi hija.
Marisol cerró los ojos.
Valentina seguía sosteniendo el botón dorado sin entender que, en ese instante, su vida acababa de partirse en 2.
Y nadie en esa casa podía imaginar lo que estaba a punto de desatarse.
PARTE 2
Marisol no negó nada.
No porque no quisiera defenderse, sino porque llevaba 3 años cargando una verdad que ya le pesaba más que el miedo.
—Yo intenté buscarte —dijo con la voz rota—. Te llamé. Fui a tus oficinas. Dejé recados. Me dijeron que estabas de viaje, que no recibías visitas, que no podías atender asuntos personales.A las 6 de la mañana, tocó la puerta del estudio.
Diego estaba ahí, sentado frente al escritorio, con la misma ropa del día anterior. Parecía no haber cerrado los ojos.
—Necesitas ver esto —dijo ella.
Él leyó la carta una vez.
Luego otra.
La tercera vez, sus manos ya temblaban.
—¿Mi madre sabía?
Marisol asintió.
—Ella me encontró antes que tú.
Diego se levantó tan rápido que la silla golpeó la pared.
—¿Por qué no me lo dijiste ayer?
—Porque todavía tenía miedo.
La frase lo detuvo.
Marisol sostuvo su mirada por primera vez sin bajar los ojos.
—Durante 3 años viví en tu casa limpiando tus pisos, cocinando tu comida y escondiendo a tu hija en la cocina. No porque quisiera castigarte. Porque tu mundo me enseñó que una mujer como yo puede desaparecer sin que nadie pregunte.
Diego no tuvo respuesta.
Porque era verdad.
Esa misma tarde llamó a su madre.
Patricia Villaseñor llegó a la mansión como si fuera a una junta de consejo. Traje beige, collar de perlas, perfume caro y una expresión fría que apenas cambió al ver a Marisol en el salón.
Valentina estaba en el jardín con la nana, lejos de la conversación.
Paulina también estaba presente. Había decidido no irse todavía. No por orgullo, sino porque necesitaba escuchar la verdad completa antes de aceptar que su vida se estaba rompiendo.
Diego puso la carta sobre la mesa.
—Explícame esto.
Patricia ni siquiera fingió sorpresa.
—Hice lo que cualquier madre sensata habría hecho.
Paulina abrió los ojos.
Marisol sintió un escalofrío.
Diego habló despacio:
—¿Sabías que tenía una hija?—Sabía que una muchacha quería aprovecharse de ti.
—No respondiste.