Claudia aceptó reunirse con nosotros cuando supo que el hospital entregaría el registro de medicamentos. Llegó sin maquillaje, con los ojos hinchados.
—Yo grabé a mi papá —admitió—. Mauricio me pidió cualquier prueba de que estaba confundido. Dijo que si después desconocía la venta, el video protegería la inversión de Arturo y el negocio.
—¿También escribiste que yo le robé? —pregunté.
—No. Yo le mandé el video a Mauricio. Él lo editó y lo publicó. Pero cuando vi que todos te insultaban, guardé silencio porque pensé que quizá renunciarías.
No la abracé. Todavía no.
—Vas a desmentirlo públicamente. Explicarás que estaba sedado, que recuperó la lucidez y que el clip fue recortado. También entregarás tu teléfono.
Claudia asintió llorando.
Don Ernesto la llevó después a la habitación de su esposa fallecida. De un baúl sacó tres cuadernos viejos. En ellos había anotado durante décadas cada ayuda y cada error cometido con sus hijos.
A Mauricio lo había rescatado una y otra vez porque era el primogénito. Vendió madera para abrirle el negocio, cubrió deudas y recuperó una camioneta embargada. Sin querer, le enseñó que siempre habría una propiedad familiar para salvarlo.
A Claudia le había dado dinero, pero también le había repetido que, al casarse, pertenecía a la familia de su marido. Ella creció sintiéndose expulsada y terminó confundiendo herencia con amor.
Con Daniel había hecho algo distinto. Cada vez que sus hermanos discutían, le pedía que cediera porque era “el más tranquilo”. Así aprendió que la paz significaba agachar la cabeza.
—Los crié con jerarquías y sin límites —reconoció don Ernesto—. A uno le enseñé que mandaba, a otra que tenía que pelear por su lugar y al menor que su virtud era callarse. Pero entender mi culpa no significa pagar sus delitos con mis tierras.
Contrató un abogado para Mauricio, no para encubrirlo, sino para garantizarle una defensa justa. A Claudia le prohibió volver a preguntarle por escrituras o rentas.
—Llámame para saber si comí, si tomé mis pastillas o si necesito compañía. De los negocios de Arturo, háganse responsables ustedes.
El peritaje del contrato fue definitivo. La firma de don Ernesto no estaba hecha con pluma: era una imagen digital extraída de un pagaré que él había firmado siete años antes para prestarle dinero a Mauricio. En la computadora del almacén encontraron tres versiones del contrato: una sin firma, otra con el recorte mal colocado y una tercera perfeccionada.