PARTE 1
El aire olía a tierra mojada y a agave tostado. Era martes, y el reloj de la plaza central marcaba las 7 de la mañana en 1 pequeño pero próspero pueblo del estado de Jalisco. En la Escuela Primaria Ignacio Zaragoza, el ruido era ensordecedor: los niños corrían por la cancha de cemento, las madres compraban atole calientito en 1 puesto ambulante de la esquina, y el claxon de las camionetas resonaba en la calle empedrada. Pero dentro del salón de segundo grado, el maestro Mateo sentía que el oxígeno había desaparecido por completo.
En el umbral de la puerta estaba Valeria. Tenía apenas 7 años, llevaba su falda escolar perfectamente planchada, 2 moños rojos en el cabello oscuro y 1 mochila de princesas. Sin embargo, Valeria no corrió hacia su pupitre como los otros 28 alumnos. No sacó sus libretas, ni le sonrió a sus 4 amigas de la primera fila. Se quedó petrificada junto al viejo escritorio de madera, temblando como 1 hoja al viento, con los ojos clavados en sus zapatos escolares.
Mateo dejó los 15 exámenes que estaba calificando. Caminó lentamente hacia ella, arrodillándose para quedar a la altura de su rostro.