De repente, todas esas miradas curiosas y preguntas constantes cobraron sentido.
Incluso Becky-Jo admitió que, de bebés, le costaba distinguirlos. Sin embargo, con el tiempo, aprendió a notar sutiles diferencias que, al parecer, solo una madre puede percibir. Cada niño tenía características distintivas sutiles, y a medida que sus personalidades se desarrollaban, las diferencias entre ellos se hicieron mucho más fáciles de detectar.
Uno era más extrovertido, otro más callado, y el tercero parecía ocupar un punto intermedio entre sus hermanos.
Lo que comenzó como un embarazo problemático, lleno de náuseas, dolores de cabeza, parto prematuro y semanas en cuidados intensivos, se convirtió en algo que Becky-Jo jamás imaginó. Acudió al médico porque temía que algo anduviera mal.
Finalmente, descubrió que había dado a luz a tres niños excepcionalmente raros, cuya extraordinaria historia atraería la atención mucho más allá de su ciudad natal.
Sin embargo, para Becky-Jo, nunca fueron «uno entre 200 millones».
Eran simplemente Rocco, Roman y Rohan: tres niños diferentes que, casualmente, compartían rostros casi idénticos.