Lo miré con los ojos hinchados.
—No, no lo hiciste.
—Lo pensé.
—Eso no cuenta.
—Debería.
Me reí tan fuerte que casi me atraganté con el helado.
Noah todavía cuenta esa historia.
Yo todavía lo amenazo cada vez.
—
Así que cuando llegó el baile de graduación de nuestro último año, realmente nunca hubo duda sobre con quién quería ir.
Pero Noah aparentemente creía que sí.
Una tarde de febrero, me encontró junto a mi taquilla.
—Chrissy.
—¿Sí?
—¿Recuerdas primero?
Fingí pensar.
—No.
Su rostro cayó.
—¿En serio?
—Noah, estoy bromeando.
Me miró fijamente.
—No tiene gracia.
—Un poquito sí.
—No.
Entonces extendió su meñique.
Y de repente volví a tener seis años.
Pasas.
Dinosaurios.
Un niño cruel.
Una promesa que había olvidado aquella tarde y que, de alguna manera, había pasado doce años cumpliendo.
Enganché mi meñique con el suyo.
—¿Prom?
Noah asintió.
—Prom.
Entonces su rostro se iluminó completamente.
—Ya compré la pajarita.
Parpadeé.
—¿Cuándo?
—En noviembre.
—Noah, era noviembre.
—Exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Las tiendas se quedan sin cosas —dijo.
—No se iban a quedar sin pajaritas.
—Eso no lo sabes.
Así fue como Noah me pidió oficialmente que fuera con él al baile.