Yo volví antes y encontré cerrada con llave la habitación intacta de mi esposa fallecida. Dentro, la empleada nueva dormía en su cama mientras mis gemelos de 5 años se aferraban a ella. Escuché a mi cuñada decir: “No deberían encariñarse con alguien que se irá mañana”. No grité, silencié mi móvil y me quedé, hasta que vi el zapato escondido bajo la cómoda.

—¿Qué cosa?

—Que querer a alguien no significa encerrarlo para impedir que se vaya.

Subió.

Encontró a Leo sentado detrás de la puerta de su habitación.

—¿Clara se va?

—No.

—La tía Teresa dijo que sí.

—Dijo que podría ocurrir algún día.

Leo empezó a llorar.

—Entonces no quiero quererla.

Álvaro se sentó en el suelo.

—¿Por qué?

—Porque luego duele.

Aquella frase resumía todo.

El miedo de Leo nunca había sido únicamente perder a Clara.

Era volver a sentir el dolor que le dejó Elena.

Álvaro permaneció en silencio antes de responder.

—Sí. A veces querer a alguien significa que algún día podemos echarlo de menos.

Leo lo miró sorprendido.

Esperaba probablemente una mentira tranquilizadora.

—Entonces es mejor no querer a nadie.

—Yo también pensé algo parecido.

—¿Tú?

Álvaro asintió.

—Después de perder a mamá, me escondí en el trabajo porque allí nadie podía hacerme sentir lo mismo.

Leo se limpió la cara.

—Pero sigues echándola de menos.

—Sí.

—Entonces no funcionó.

Álvaro soltó una pequeña risa.

—No. No funcionó.

Leo pensó durante unos segundos.

—¿Y qué hacemos?

Álvaro abrió los brazos, sin obligarlo a acercarse.

—Aprovechar a las personas mientras están.

Leo terminó apoyándose contra él.

Abajo, Teresa seguía esperando.

Cuando Álvaro regresó, no discutió.

Le explicó lo sucedido.

La mujer guardó silencio.

Después miró hacia la escalera.

Su expresión cambió.

Ella también había perdido a una hermana.

Pero su manera de soportarlo había sido convertir cada objeto de Elena en algo intocable.

Al marcharse, entró por primera vez en la habitación.

Tocó una fotografía.

Lloró.

Y los gemelos no intentaron hacerla parar.

Hugo simplemente le tomó la mano.

Pasó casi 1 año.

Un viernes por la tarde, Álvaro regresó a casa con el mismo maletín negro que durante mucho tiempo había parecido formar parte de su cuerpo.

Su móvil vibró mientras abría la puerta.

Un mensaje urgente.

Después otro.

Escuchó ruido en la planta superior.

—¡Papá! —gritó Leo.

Miró el teléfono.

Después miró las escaleras.

Dejó el maletín sobre el mueble de la entrada.

Subió.

Encontró a Hugo en la cama de Elena, ahora cubierta con una colcha nueva. Leo buscaba algo debajo de la cómoda y Clara estaba riéndose.

—¡Me ha escondido el zapato otra vez! —protestó ella.

Leo sacó un zapato de detrás de una caja.

—No estaba escondido. Estaba descansando.

Clara negó con la cabeza.

—Mi horario ha terminado. Hasta mañana.

Hugo preguntó: