Daniela quedó callada.
—El edificio iba a convertirse en oficinas —continuó Santiago—. La ciudad no necesita otras oficinas mías. Ese barrio necesita esto.
—No voy a aceptarlo para perdonarte.
—No te lo estoy ofreciendo por mi madre.
—¿Entonces por qué?
—Porque viste un problema y comenzaste a resolverlo sin esperar que nadie te pagara. Yo tengo un edificio que puede amplificar lo que ya estás haciendo.
Elena intervino:
—No te está pidiendo que le pertenezcas. Te está ofreciendo recursos para ayudar a gente que no los tiene.
Daniela volvió a mirar los planos.
—Todo por escrito.
—Todo.
—Protección para los empleados.
—Sí.
—Ningún cliente rico tendrá trato especial.
—De acuerdo.
—Habrá espacios gratuitos.
—Sí.
—Y tú no podrás despedirme.
Santiago sonrió.
—Tú serás la directora. Tal vez tengas que despedirme tú a mí.
Elena soltó una carcajada.
—Eso quiero verlo.
Daniela terminó extendiendo la mano.
—Trato.
6 meses después abrió el Centro Manos Fuertes.
El nombre lo eligió Daniela.
Porque había comprendido que unas manos fuertes no debían servir para dominar.
Debían proteger.
Levantar.
Sostener.
Las instalaciones se llenaron rápidamente.
Madres entrenaban mientras sus hijos jugaban en una zona segura.
Adultos mayores recibían revisiones básicas.
Adolescentes aprendían defensa personal.
Personas con dinero pagaban cuotas normales que ayudaban a financiar a quienes no podían hacerlo.
Marcos, después de cambiar las reglas laborales de su gimnasio, comenzó a enviar entrenadores voluntarios 2 veces por semana.
Sofía, la empleada que finalmente se atrevió a testificar, recibió trabajo en el nuevo centro.
Elena caminaba por todas partes dando instrucciones como si fuera directora.
—Doña Elena, no cargue esa silla.
—Sólo es una.