—Ya guardé capturas de todo —dijo—. Publicaciones, comentarios, horarios, perfiles. No respondas.
—No pienso hacerlo.
Esa misma tarde acudieron al despacho del licenciado Mateo Salgado, abogado especializado en asuntos familiares y patrimoniales.
Valeria colocó sobre su escritorio el acta matrimonial, el cheque, las capturas de pantalla y el archivo de audio.
Mateo escuchó primero 6 minutos.
Luego otros 10.
Después se quitó los lentes.
—¿Ellos saben que tienes esto?
—Saben que existe una grabación. No saben cuánto contiene.
—Mejor.
El abogado explicó que no convertirían las redes sociales en un tribunal improvisado. Preservarían las publicaciones, documentarían el hostigamiento, iniciarían el procedimiento de divorcio correspondiente y revisarían con especialistas la forma adecuada de incorporar cada evidencia.
También había algo más importante.
La grabación mencionaba deudas.
Muchas.
Mauricio había repetido varias veces que necesitaba el dinero de Valeria para “tapar el hoyo” de una empresa tecnológica que llevaba meses presentando como exitosa.
Mateo pidió revisar documentos públicos y movimientos relacionados con la supuesta compañía.
48 horas después tenía una respuesta.
El negocio casi no tenía actividad.
Pero Mauricio debía dinero a proveedores, a 2 antiguos socios y a una financiera privada.
Los $780,000 no eran un premio adicional.
Eran su salida de emergencia.
Y casarse con Valeria había formado parte de la solución.
—Por eso tenían tanta prisa —dijo Jimena.
Valeria recordó entonces pequeños episodios que antes había interpretado como preocupación.
Mauricio insistiendo en saber cuánto tenían ahorrado sus padres.
Mauricio preguntándole si pensaba vender su auto después de casarse.
Leonor recomendándole dejar su trabajo porque “una Cárdenas no tenía necesidad de andar obedeciendo jefes”.
No intentaban construir una familia.
Intentaban reducir sus salidas.
Mateo propuso citar a Mauricio para discutir formalmente la separación, las acusaciones públicas y la situación patrimonial.
Mauricio aceptó casi de inmediato.
Llegó acompañado por Leonor y un abogado llamado Ernesto Lozano.
Entró a la sala de juntas sonriendo.
—Finalmente entendiste —dijo, sentándose frente a Valeria.
Ella no respondió.
Ernesto colocó una carpeta sobre la mesa.
—Mi cliente estaría dispuesto a retirar las publicaciones y evitar mayores conflictos si la señora Ortega devuelve los $500,000 pesos entregados por la familia Cárdenas, además de $280,000 por gastos y afectaciones ocasionadas por su salida.
Valeria casi admiró el descaro.
Querían exactamente $780,000.
Hasta el último peso.
—¿Y si no acepta? —preguntó Mateo.
Mauricio se inclinó hacia delante.
—Entonces las publicaciones siguen. La gente ya sabe quién es. También sabemos dónde trabajan sus padres. Sería una lástima que su imprenta siguiera perdiendo clientes.
Ernesto giró lentamente hacia él.
—Mauricio…
Pero ya era tarde.
Mateo había dejado una grabadora visible sobre la mesa desde el inicio de la reunión, con conocimiento de los presentes conforme al protocolo del despacho.
—Gracias —dijo Mateo—. Eso aclara bastante la intención detrás de sus exigencias.
Mauricio se quedó inmóvil.
Valeria abrió su carpeta.
—Ahora quiero que escuches algo.
Colocó su teléfono sobre la mesa.
La voz de Mauricio llenó la habitación.
—Cuando viva con nosotros, la voy a sacar del trabajo. Sin sueldo va a dejar de sentirse tan independiente.
Después apareció Leonor:
—Primero consigue que firme la cuenta compartida. Luego mueve el dinero. Cuando se dé cuenta ya estará casada y demasiado avergonzada para regresar con sus padres.
Mauricio palideció.
La grabación continuó.
—Con los $780,000 cubro lo urgente. Después vemos cómo convencemos al suegro de poner más.
Valeria detuvo el audio.
Nadie habló.
Ernesto miró a Mauricio.
Luego a Leonor.