Llenó un cazo con agua.
Lo puso al fuego.
Abrió un sobre con sus propias manos y lo dejó dentro de una taza limpia.
Esperó.
Vio cómo el agua cambiaba de color lentamente.
No había nadie detrás de ella.
Nadie esperaba que se quedara dormida.
Nadie necesitaba comprobar cuánto tardaba en perder fuerzas.
Nadie estaba anotando nada.
Elena llevó la taza hasta la mesa, se sentó junto a la ventana y dio un sorbo pequeño.
No lo hizo para demostrar que había superado todo.
No necesitaba demostrarle nada a nadie.
Lo hizo porque aquella noche la bebida contenía exactamente lo que ella había decidido poner dentro.
Y por primera vez en mucho tiempo, esa certeza sencilla le pareció una forma de recuperar su vida.