Eso tal vez más tarde.
Pero esta vez no me lo esperaba.
Tomé la decisión.
Yo hice el plan.
Yo hice los contactos.
Y seguí adelante.
Matthew estaba mirando.
Él no me estaba guiando.
Él no llamó a nadie a mis espaldas.
Él no estaba rellenando mis solicitudes.
Él no corrigió mis decisiones.
A veces podía ver en su rostro que tenía miedo.
Pero él no interfirió.
Una vez le dije:
“Me temo que podría fracasar.”
Mírame.
“Yo también.”
“¿No me vas a decir que no lo haga?”
Él sonrió.
“¿Quieres que te lo cuente?”
Negué con la cabeza.
“No.”
“Entonces no lo diré.”
Y en ese momento me di cuenta de cuánto había cambiado.
No porque haya dejado de quererme.
Pero porque dejó de creer que su amor le daba derecho a decidir por mí.
Ha llegado el día del lanzamiento de la editorial.
Me quedé entre bastidores.
Podía oír a la gente hablar.
El público estaba esperando.
Me temblaban las manos.
Por un instante sentí que volvía a ser la vieja Ashley.
La niña que tenía miedo de levantar la mano.
La mujer que abandonó las solicitudes.
La mujer que necesitaba que alguien pulsara el último botón.
Pero esta vez…
No había nadie que lo hiciera por mí.
Y no lo necesitaba.
Subí al escenario.
Hablé.
Sin disculparse.
Sin buscar la aprobación de nadie.
Confié en mi propia voz.
Cuando terminé, vi a Matthew en la última fila.