—Te dije que ahí podías guardar un secreto.
Sonreí.
—Ya no quiero guardar secretos.
—Entonces guarda otra cosa.
—¿Qué?
—Lo que quieras. Es tuyo.
Es tuyo.
Dos palabras simples que antes casi había olvidado.
Mi dinero era mío.
Mi tiempo era mío.
Mi cuerpo era mío.
La decisión de visitar a mis padres era mía.
Mi vida, por fin, era mía.
Cerré el medallón y levanté el rostro hacia el sol.
Durante mucho tiempo creí que una familia se conservaba aguantando, callando y perdonando todo.
Estaba equivocada.
Una familia que necesita cadenas para mantenerte dentro no es una familia.
Es una cárcel.
Y el día que dejé de sentir vergüenza por abrir la puerta fue el primer día en que realmente volví a casa.