—Piensa bien. Si me hundes, salpica tu apellido.
—Mi apellido ya estaba sucio. Solo voy a dejar de esconderlo debajo del tapete.
Entonces Rodrigo llamó a seguridad y a su abogada. Ignacio intentó arrebatarle el celular, pero un escolta lo detuvo. Los inversionistas se apartaron como si la elegancia del pasillo oliera a drenaje.
Elena quiso irse.
—Señor, yo no debería estar aquí.
Rodrigo la miró. Por primera vez no como patrón, sino como alguien que acababa de ver una verdad gracias a una niña de botas moradas.
—Usted se queda. Necesito que escuche algo.
Abrió otro archivo en la pantalla. Era una grabación. La voz de Ignacio sonó clara, burlona, cruel.
—A la muchacha de limpieza déjenla. Nos sirve de distracción. Si algo se pierde, la culpa cae sobre ella. Tiene una hija, vive lejos y nadie le va a creer.
Elena sintió que el piso desaparecía.
La habían elegido como culpable antes de cometer el delito.
Sofi miró a su mamá llorar y levantó el pincel hacia Rodrigo.
—¿Ahora también le pongo rojo de enojado?
Rodrigo no pudo contestar.
Porque justo entonces llegó la abogada de la empresa con 2 auditores, y Elena vio en el rostro de Ignacio algo peor que el enojo: miedo.
¿Qué crees que debe hacer Rodrigo ahora: proteger a Elena aunque afecte a su familia o guardar silencio para salvar su apellido?
PARTE 3
Ignacio no cayó esa tarde.
Los hombres como él no se derrumban al primer empujón. Se acomodan el saco, llaman a contactos y convierten la vergüenza en autoridad. En menos de 1 hora ya decía que Rodrigo estaba inestable y que una empleada lo había manipulado.
Pero esta vez Rodrigo no estaba solo con sus dudas.
Patricia Salgado, la abogada del corporativo, pidió cámaras completas, registros de acceso, facturas y contratos. También pidió los pagos cargados al mantenimiento de la mansión.
Ahí apareció la segunda verdad.
Durante casi 2 años, Ignacio había inflado gastos, duplicado nóminas y usado nombres de trabajadores para sacar dinero. En una lista de supuestos “apoyos domésticos”, apareció el nombre de Elena Morales con depósitos que ella jamás recibió.
—Aquí dice que usted cobraba un bono mensual de 18,000 pesos —le explicó Patricia.
Elena soltó una risa triste.
—Señorita, yo gano menos de eso en todo el mes.
Rodrigo sintió la cara arderle debajo de la pintura seca. Él firmaba reportes confiando en Ignacio mientras alguien robaba usando el nombre de una mujer que viajaba 2 horas en combi.
—¿Por qué nunca revisé esto? —murmuró.
—Porque le convenía creer que su tío cuidaba la puerta —respondió Patricia.
Esa frase le dolió porque era cierta.
Ignacio fue citado formalmente. No lo esposaron en medio del mármol, como en una novela, pero el expediente quedó abierto por fraude, abuso de confianza y falsificación. Los inversionistas congelaron Valle Esmeralda hasta que Rodrigo demostrara control real.
Esa noche, cuando todos se fueron, Elena recogió las pinturas de Sofi en silencio.
—Mañana no voy a venir —dijo.
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Rodrigo levantó la vista.
—¿La estoy despidiendo?
—No. Me estoy yendo.
Sofi, dormida en una silla, abrazaba a Capitán.