Desde entonces, cuando alguien me pregunta si volvería a denunciar a Rodrigo sabiendo que recibiría dieciocho años de prisión, mi respuesta no cambia.
Sí.
Volvería a abrir aquella puerta.
Volvería a tomar a Mariana de la mano.
Y volvería a elegir la justicia, aunque del otro lado estuviera mi propio hijo.
Porque hay silencios que mantienen unida a una familia por fuera mientras la pudren por dentro.
Y a veces el acto más doloroso de amor es ser la primera persona que se atreve a romper ese silencio.