Llegó más delgado y con ropa sencilla.
—Conseguí trabajo. Gano menos de la mitad.
—Me alegra.
—También estoy en terapia.
Mariana asintió.
Ricardo miró la mesa.
—Pensé que mi castigo era perderte, perder el trabajo y vender mis cosas. Pero lo peor fue escuchar a Renata preguntarme si yo también le había mentido a ella.
—¿Qué le dijiste?
—Que sí. Porque cada vez que le decía que todo estaba bien, yo sabía lo que estaba haciendo.
Por primera vez no pidió otra oportunidad.
Solo dijo:
—Perdón.
Mariana respiró lentamente.
—Espero que algún día puedas perdonarte después de reparar lo que puedas. Pero mi perdón ya no es una puerta para volver.
1 año después, Mariana inauguró una pequeña exposición ligada a su estudio de diseño. Había transformado meses de dolor en fotografías, textiles y piezas creadas con materiales recuperados.
Renata señalaba orgullosa una instalación hecha con fragmentos de espejo unidos por líneas doradas.
—Ese es mi favorito.
—¿Por qué?
—Porque parece roto, pero sigue siendo bonito.
Mariana sonrió.
—Estar roto no siempre significa estar acabado.
Ricardo llegó por invitación de su hija. Se mantuvo a distancia y, antes de marcharse, se acercó a Mariana con un sobre.
—Es el último comprobante.
Dentro estaba la constancia de que el fondo universitario de Renata había sido repuesto por completo.
Mariana revisó la cifra.
—Cumpliste con tu responsabilidad.
Ricardo aceptó la frase sin molestarse.
Miró la pieza de los espejos.
—Te quedó bien.
—A mí también —respondió ella.
Él entendió y sonrió con tristeza.
Más tarde, Mariana condujo a casa con Renata dormida en el asiento trasero.
Pensó en la mujer que había sido 1 año antes: la esposa que doblaba camisas para un hombre que preparaba un viaje con otra mujer; la que encontró los asientos 7A y 7B y decidió comprar el 7C.
Durante mucho tiempo creyó que su victoria había ocurrido en aquel avión, cuando se sentó junto a Ricardo y Camila y obligó a la mentira a quedarse sin espacio.
Ahora sabía que no.